Archivo mensual: noviembre 2007

Caso nº 00004: LA CAZA DEL ZORRO (CERRADO)

Comenzó como una simple fiesta de disfraces. Pero ha terminado en tragedia.

Estos son los hechos. Todos los años, en Noviembre, trece de los antiguos alumnos de la promoción del 98 de la Facultad de Psicología se reúnen para celebrar una fiesta de disfraces. La de este año tuvo lugar el pasado fin de semana, la noche del 24 de Noviembre. Siempre se celebra en casa de alguno de los antiguos alumnos. Este año el anfitrión fue Víctor García (veintisiete años).

La fiesta comenzó a las diez de la noche y terminó, contra la voluntad de los participantes, a medianoche. En el transcurso de la velada, hubo algunas quejas por parte de los vecinos. Según parece, la música estaba tan alta que incluso los vecinos del bloque de enfrente llamaron para protestar. Es gracias a uno de estos vecinos, a una vecina más concretamente, que tenemos algunos datos acerca del trágico suceso.

Hacia las once cincuenta, Soraya Díaz (cuarenta y dos años, maestra de inglés, casada) llevaba cerca de hora y cuarto pendiente de la fiesta de sus ruidosos vecinos. Su hijo estaba de campamentos y ella acababa de encontrar una caja de porno bajo su cama, y se había quedado tan afectada por el descubrimiento que no podía dormir. En un principio miraba con la esperanza de ver apagarse las luces, pero poco después de las once vio a una pareja retozando en uno de los dormitorios y, aunque ahora se avergüenza de reconocerlo, le llamó la atención lo bastante como para dedicarse a cotillear. Entonces vio cómo una persona, disfrazada de cowboy, entraba en el dormitorio principal a solas se ponía a buscar algo entre los cajones de la cómoda, al principio con tranquilidad, luego cada vez más desesperadamente. En ese momento, una segunda persona disfrazada del Zorro entraba en la habitación envuelta en su capa. No llegaron a hablar un minuto, aunque el cowboy pareció reírse del Zorro, y entonces éste último sacó la mano de la capa y hubo un fuerte destello. La música estaba demasiado fuerte como para distinguir si el ruido que lo acompañó formaba parte de la percusión o si era, como a la señora Díaz le había parecido, un disparo. Pero lo cierto es que el cowboy caía al suelo. “El Zorro” depositó entonces un objeto metálico y reluciente junto al cuerpo del Cowboy y volvió a la fiesta.

A medianoche la policía, alertada por la señora Díaz, interrumpía la fiesta. Nadie había oído ningún disparo, pero en ese momento algunos empezaron a echar en falta al anfitrión. La policía entró en el dormitorio principal y allí encontraron a Víctor García, muerto por una herida de bala en el corazón. Junto al cadáver descansaba el arma del crimen, la cual por cierto resultó estar registrada nombre de la víctima. Ninguna huella aprovechable en la escena. Los invitados explicaron que Víctor García, totalmente borracho, había estado presumiendo de su pistola y que había ido a su cuarto a buscarla para enseñársela a todos.

El siguiente paso lógico era identificar a quien llevase el disfraz del Zorro. Pero naturalmente, las cosas no fueron tan simples… aquel año, tres invitados fueron disfrazados de Zorro. Según parece, sin ponerse previamente de acuerdo. Basándose en el testimonio de la señora Díaz, los tres Zorros han sido puestos bajo custodia y se ha pedido los restantes nueve invitados que no abandonen la ciudad.

Por desgracia, los posteriores interrogatorios no han ayudado a esclarecer las circunstancias de la muerte de Víctor García. Sus tres ex-compañeros tenían motivos para verle muerto. Os transcribo a continuación algunos extractos de las declaraciones de los tres:

SIMÓN JIMENO, 28 años:
“Víctor y yo no nos llevábamos precisamente bien. Cualquiera de mis compañeros se lo podría decir. Cuando íbamos a la facultad, yo salía con una chica, Elena; y en la fiesta de graduación, el muy cerdo me la robó. La emborrachó y se acostó con ella. Elena nunca pudo superar la depresión, no podía mirarme a la cara. Lo último que he sabido de ella es que se fue a Londres y que está intentando rehacer su vida.

¿Que si le quería muerto? Digamos sólo que no voy a llorar por él. Pero seguía viniendo a las fiestas, porque mi consulta es todo un éxito, estoy prometido con una mujer maravillosa y no tengo nada de qué esconderme. Aunque claro, ni se me habría ocurrido presentarle a mi mujer a ese cerdo.

¿Cómo quiere que sepa qué hacía exactamente a esa hora? No sé, no me dedicaba a mirar el reloj. Pero si fue unos diez minutos antes de que llegara la policía… Debía estar hablando con Marcos, el que iba disfrazado de Drácula. Estuve un rato hablando con él, supongo que pudo ser en ese momento.”

DIEGO BANDERAS, 27 años:
“Víctor, sí… Un hijo de puta, y odio hablar mal de los muertos. Cuando salimos de la facultad, hablábamos de montar nuestro propio gabinete. Mi tío es psiquiatra, y ya lo tenía hablado con él para que nos pasase a algunos de sus clientes. ¿Sabe lo que hizo Víctor? Se llevó a los clientes de mi tío, me dejó tirado y montó él solo su consulta.

¿Muerto? No, tampoco llegaría yo a tanto. A ver, quién de todas las víctimas no querría vengarse de él. Pero qué va, sería incapaz de hacerle nada, si de bueno que soy llego a ser tonto. Y me dan pánico las armas de fuego. No sé, alguien que se dedica a fardar de pistola y que la enseña en las fiestas como si fuera un juguete está pidiendo a gritos que le acabe pasando algo malo.

Bueno, esto casi da vergüenza decirlo, pero ya que lo pregunta… bebí más de lo que estoy acostumbrado y me puse malísimo. Eso sería a las diez y media, o así. Algunos compañeros, aunque sinceramente no recuerdo quiénes fueron, me llevaron a la salita y me tumbaron allí… me iban a dejar en uno de los dormitorios, pero Víctor no quería que me metieran en el principal y el otro estaba ocupado. Y allí estuve hasta que ustedes llegaron. De vez en cuando entraba alguien a ver cómo estaba, pregunten a los demás invitados.”

ANTONIO VEGA, 30 años:
“¿Víctor? Oh, sí, Víctor, el popular. ¿Sabe? Le caía bien a todo el mundo. Al menos, hasta que le conocías mejor. No le mentiré, era una rata. Yo tardé un año más en salir de la facultad por su culpa… en el último examen, el muy cabrón se copió de mí. Y luego consiguió convencer al profesor de que había sido a la inversa. Me colgó sus propias trampas.

Oh, no, ¿por qué iba yo a querer vengarme de él otra vez? Cómo, ¿no se lo ha dicho nadie? Verá, Víctor era una rata dispuesta a pisar a quien hiciera falta para salirse con la suya, pero de todas sus víctimas, yo fui el único que le devolvió la jugada. Durante su primer año de ejercicio me dediqué a pisarle todos los pacientes que sabía que tenían pensado ir a su consulta. Yo por entonces todavía estaba estudiando, pero me aseguré de recomendarles a otros psiquiatras más cualificados, no sé si me entiende. Así que, al final, ya que él me obligó a esperar un año antes de poder montar una consulta, yo le obligué a esperarme a mí.

A esas horas… Hmm… Vale, sí, a esas horas estaba en la cama. Con otra de las invitadas. Patricia Mármol, que iba de Catwoman esa noche. Estuve tirándole los tejos desde que llegué a la fiesta, y sobre las once nos fuimos a uno de los dormitorios de Víctor. De hecho, si le soy sincero, cuando terminamos me quedé dormido, porque recuerdo que me despertaron las voces de la policía al llegar.”

Los tres tienen coartadas aceptablemente sólidas. Marcos López (28 años) confirma que estuvo hablando con Simón Jimeno antes del final de la fiesta, pero tampoco está seguro de la hora exacta; Patricia Mármol ha corroborado la coartada de Antonio Vega, incluida la parte de “nos quedamos dormidos”; y el resto de los invitados vieron a Diego Banderas vomitar en la alfombra y se lo llevaron a la salita, pero reconocen que ninguno de ellos se quedó mirándolo toda la noche.

Así que ¿quién miente? ¿Quién mató a Víctor García? Y sobre todo, ¿cómo podemos demostrarlo?

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Caso nº 00003: ASESINATOS ANTICIPADOS (CERRADO)

Tenemos un nuevo caso, equipo, y mucho me temo que éste puede habernos llegado algo tarde. Ya hay dos víctimas mortales. La única ventaja es que sabemos quién será la tercera.

Esta es la situación. Hace hoy exactamente dos semanas, el lunes 22 de Octubre, mientras investigábamos el Caso del Asesinato del Doctor Watson, la policía recibió una llamada de alguien que quería denunciar un asesinato. Dio el nombre de la víctima (Estela Muñoz, veintisiete años, soltera, azafata) y el lugar donde se había encontrado el cuerpo (el domicilio de la víctima). El denunciante, un varón, colgó antes de identificarse. La policía lo atribuyó al nerviosismo.

Inmediatamente acudieron a la supuesta escena del crimen. Imaginad su sorpresa cuando, al llegar a la dirección que se les había dado, encuentran a Estela Muñoz con vida, recién salida de la ducha, envuelta en una toalla.

Al principio pensaron que se había tratado de algún tipo de error, que quizás la dirección estaba mal, y basándose en esa suposición se dedicaron a visitar a los vecinos, puerta por puerta, por si acaso el crimen había sido cometido en el mismo edificio pero en otra casa. Tardaron quizás más de lo necesario en darse cuenta de que, aunque la dirección pudiera estar mal, el nombre se correspondía.

La señorita Muñoz trató de quitarle hierro al asunto. Parecía estar más extrañada que asustada. Explicó que acababa de volver del gimnasio, que durante un par de horas no había estado en casa y que lo único que se le ocurría era que algún vecino no la viera por casa y pensase algo raro. La policía se disculpó por las molestias y se retiró.

Al día siguiente, el 23 de Octubre, Estela Muñoz apareció muerta en su casa. Herida de bala en la cabeza. Hora estimada de la muerte: las nueve y cuarto de la noche, la misma hora a la que la policía la visitó el día anterior. Nuevamente recién salida de la ducha.

Una semana más tarde, el martes 30 de Octubre, la policía recibió una nueva llamada denunciando un asesinato. Esta vez la víctima era un varón (Pedro Elorriaga, treinta y ocho años, abogado, casado). El cuerpo “había sido encontrado”, presuntamente, en los lavabos del club nocturno “La jungla” a las once de la noche.

La policía, prevenida tras el fracaso anterior, envió una unidad al domicilio de Pedro Elorriaga, otra al club nocturno en cuestión. Como era de esperar, encontraron a Elorriaga vivo y ningún cadáver en el club. Elorriaga acababa de volver de un viaje de trabajo y había parado a recoger a su mujer en el trabajo, con lo que nuevamente no se encontraba en casa en el momento de la llamada.

Esta vez se quedaron vigilando la casa. Elorriaga recibió instrucciones precisas: si por cualquier motivo tenía que salir de casa, avisaría a la policía para que le siguieran. Y efectivamente, esa misma noche avisó diciendo que había recibido una llamada urgente de un cliente y que tendría que salir a reunirse con él. Dio la dirección del cliente y anunció que tardaría unos minutos en salir, ya que la llamada le había pillado en la ducha y estaba aún sin vestir.

A los diez minutos, tal y como se esperaba, su coche salió del garaje. La policía lo siguió, pero lo perdieron en el tráfico. Aunque el coche volvió a aparecer, y efectivamente en la dirección a la que había dicho que iría, Elorriaga ya no estaba. Rápidamente enviaron hombres al club nocturno… y allí encontraron el cadáver, esta vez degollado. El camarero que lo encontró no podía dejar de hablar del escalofriante contraste: vestido con un impecable traje de Armani, y envuelto en bolsas de basura.

Se ha verificado que, efectivamente, Elorriaga recibió una llamada de un cliente suyo, Ernesto Núñez (35 años, constructor, viudo), quien está intentando llevar a su socio a juicio por un presunto caso de corrupción urbanística del que intenta desvincularse. Se le ha interrogado, sólo por si acaso, pero no tenemos gran cosa: llamó a su abogado desde el coche, camino de su oficina, y acordó que le esperaría allí. La oficina en cuestión estaba en plena mudanza, así que quizás no era el lugar más cómodo para reunirse con él, pero sí el más discreto. He aquí unos fragmentos de su declaración:

“¿Que si yo habría querido…? ¡No! Oigan, entiendo que tengan que considerarme sospechoso, pero yo le necesitaba con vida para el juicio, ¿por qué iba a matarlo? ¿Se les ocurre algún motivo?”

“La mudanza, sí… No se crean que me voy muy lejos, me quedo en este mismo edificio, sólo estoy trasladando mi oficina. Verán, sé que puede sonar poco profesional, pero… he perdido a mi esposa recientemente, y esta oficina me traía muchos recuerdos de ella. Por favor, no me pregunten por qué.”

En realidad no hizo falta preguntar. La policía encontró, en el cajón inferior de un archivador, una caja con una enorme colección de fotografías porno amateur en las que aparecían él y su mujer. Al menos, quisieron pensar que se trataba de él y su mujer (las personas de las fotografías llevaban máscaras, y nadie se atrevió a preguntar).

Hacia estas alturas fue cuando conseguimos cerrar el Caso del Asesinato del Doctor Watson, así que cuando la policía recibió una tercera llamada, acudieron directamente a nosotros. Han localizado el origen de las tres llamadas, pero en cada caso fue una cabina pública distinta. Esta vez no hay miramientos: la policía ha puesto a la nueva futura víctima bajo vigilancia permanente, con dos hombres dentro de la casa y otros dos en el exterior. Presumiblemente, el cuerpo de esta nueva víctima aparecerá en su lugar de trabajo, así que allí también hay hombres vigilando.

La nueva futura víctima es la viuda de Elorriaga, Miriam Esquivel. Treinta y tres años, recepcionista de un gimnasio. Estaba muy afectada porque, en el momento que su marido salía de casa, ella había salido a sacar la basura, por lo que ni siquiera pudo despedirse de él antes de su muerte. Os podéis imaginar en qué estado se encuentra ahora que sabe que es la siguiente.

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