Archivo mensual: julio 2008

Cerramos por vacaciones

Bueno, equipo. Creo que no lo hemos hecho nada mal.

Hemos resuelto trece casos. Hemos salvado tres vidas. Hemos conseguido enlazar dos casos simultáneos con bastante éxito. En general, diría que nos hemos ganado un descanso.

Pero claro, sé de sobra cómo es el trabajo de un investigador. Y no me refiero a que uno nunca sabe cuándo va a entrar un nuevo misterio… sino a que, cuando no entra ninguno, nos desesperamos y queremos que pase algo 😉

Así pues, damas y caballeros, la Sociedad del Misterio cierra sus puertas durante dos semanas. Volveremos a mediados de Agosto, a partir del día ocho. Y volveré justo a tiempo, ya que si todo marcha según lo previsto, el día cuatro (quedáis ya avisados con tiempo) se abre de nuevo la Academia del Misterio con un pequeño “curso de verano” para los que os aburrís durante las vacaciones. Pero tranquilos, que en apenas un par de semanitas volvemos con energías renovadas, nuevos misterios… y una sorpresa que os tengo reservada para finales de Septiembre.

Dentro de poco volveréis a tener la oportunidad de hacerme sentir tan orgulloso como hasta ahora. Hasta entonces, equipo… felices vacaciones.

9 comentarios

Archivado bajo Vacaciones

Caso nº 00013: EL RABO DEL DIABLO (CERRADO)

La Sociedad del Misterio lleva ya doce casos en su historial, y todos ellos resueltos con éxito. En cada uno de nuestros trabajos nos hemos enfrentado a enigmas más o menos difíciles de resolver. Pero si ha habido un punto en común entre casi todos los casos, si de algo podemos presumir de entender, sin duda es del que se convirtió en punto de partida de nuestra decimotercera aventura.

El Profesor Boniatus y yo llegamos al plató en compañía de nuestra clienta, la actriz protagonista de la película “El Rabo del Diablo”. El escenario, que simulaba ser una iglesia, hervía de actividad ante la perspectiva del rodaje de una de las escenas más complejas de la producción. La iluminación acababa de fallar, y el director estaba histérico llamando al técnico de efectos especiales para que corrigiera el problema. Algunos de los actores aún no se habían presentado. Y los de Maquillaje amenazaban con dimitir.

Ciertamente, el tipo de película en la que tenía sentido que la Sociedad del Misterio tuviese que investigar.

—Muy bien, tenemos que movernos con discreción. Profesor, investiga la escena sin llamar demasiado la atención. Si alguien te pregunta, hemos venido a ver el rodaje invitados por nuestra amiga la señorita… ehm…
—Jenny Thales —completó nuestra asiliconada clienta.
—Por supuesto. Busca cualquier cosa extraña, lo que sea. No sabemos a qué nos enfrentamos.

Boniatus se puso manos a la obra. Yo invité a nuestra clienta a incorporarse al trabajo con normalidad y reflexioné sobre el misterio que teníamos entre manos. Jenny Thales, la célebre actriz porno, estaba en nuestra ciudad rodando su última película, una gran producción cuyo (ejém) “argumento” giraba en torno a la idea de un demonio apareciendo en un convento para poseer (con perdón) a las monjas, las cuales a su vez debían combatirlo y expulsarlo. A los pocos días de empezar el rodaje, comenzó a recibir cartas amenazantes y fotografías acuchilladas de ella en el plató, tanto entre escena y escena como durante el propio rodaje. Las fotos estaban ahora en una caja en poder de Jnum, nuestro nuevo Jefe de Departamento de Pruebas Físicas, y siendo sometidas a un análisis intensivo. Las cartas decían siempre lo mismo: “Morirás en tu cumpleaños, puta”.

La policía no se había tomado esto en serio, porque al parecer Jenny Thales recibía amenazas constantemente y siempre resultaban ser bromas de sus novios. Sin embargo, dos días después de que se recibieran la primera carta y las tres primeras fotos, una de sus compañeras de reparto, Thathyana, desapareció sin dejar rastro.

—¿Quién es usted? —inquirió de pronto un hombre con coleta y gorra.
—Soy un amigo de Jenny, me ha dicho que podía venir…
—No lo he autorizado. ¿Seguro que no está con el grupo de Piña?
—¿Quién es Piña?
—El cura. El que no hace más que protestar desde que empezamos el rodaje. Tiene su propio grupito de manifestantes.

Benito Piña. Cómo no. El cura que se negó a enterrar a Jorge Brezo porque cabía la remota posibilidad de que quizás se pudiera haber suicidado a lo mejor. Eso explicaba los manifestantes de la entrada.

—Oh, no, créame, yo no estoy en contra… Le sorprendería la cantidad de porno que tengo en mi oficina.
—¡En su oficina! ¡Esa ha estado bien! —replicó el hombre con una carcajada—. Soy Aitor Larroca, el director.
—Jack —dije estrechándole la mano—. ¿Dice entonces que han recibido quejas por la película?
—Uno intenta hacer algo más artístico y con argumento y no veas la que te montan. Tenemos guardias de seguridad para impedir que la gente entre. Por eso me había extrañado verle por aquí.

La iluminación del plató cambió momentáneamente a rojo y luego desapareció. El cambio brusco me hizo desviar mi mirada por un momento, buscando su origen con curiosidad, y así fue como vi a la señorita Thales discutir con un hombre. Era muy, MUY claramente, un hombre. Lo bastante claramente como para que el tatuaje de su muslo fuese visible y, al mismo tiempo, permaneciera parcialmente cubierto. Al parecer, él estaba bastante furioso con ella y eso la había ofendido. Decidí esperar un tiempo prudencial para hablar con él, y seguí hablando con el director sin perder de vista al otro.

—Ya le digo, he entrado con Jenny. ¿Esto está siempre tan ajetreado?
—Hoy rodamos la escena final. Es la más complicada, necesitamos más efectos especiales, una coreografía impecable con todas las actrices para el mismo actor, están fallando los efectos de luces y humo y nos falta una actriz.
—Thathyana, sí, Jenny me ha comentado algo.
—Le habrá comentado también entonces que la muy cerda tiene costumbre de marcharse en mitad del rodaje sin avisar, ¿no? Porque ya es la tercera película en la que me hace lo mismo. Estamos teniendo que reescribir el guión para cubrir su parte.
—Claro, lógico —respondí, pensando que la señorita Thales no me había comentado esta tendencia de su compañera a los actos de desaparición—. ¿Y los efectos?
—Son cruciales para esta escena. No las usamos para nada más. Las probamos hace una semana y dieron fallos, tuvimos que arreglarlas y probar hasta que conseguimos que se encendieran, y ya desde entonces dejé dicho que nadie las tocase más hasta que las tuviéramos que usar de verdad. Juro que no se han usado sin tener al técnico de efectos especiales hurgando detrás. ¡Se supone que no tendrían que fallar!
—Entiendo. Y dígame…
—Disculpe, acabo de ver a otro que no debería estar aquí. ¡Eh, usted!

Y se perdió entre el gentío. Si de verdad había visto entre tanta gente a alguien que estuviera fuera de lugar, tendríamos que ofrecerle un trabajo en la Sociedad del Misterio. Total, porno no le iba a faltar.

En fin. El hombre con quien discutía la señorita Thales ya se había quedado a solas. Me acerqué a él, con el reparo justo y necesario con el que un hombre vestido se acerca a uno con el que no tiene ese punto en común, y le saludé.

—¿Qué quiere?
—Oh, sólo saludar. Verá, soy amigo de Jenny, me ha invitado a venir al rodaje, y pensé…
—¿Le ha traído para sustituirme?

Eso me extrañó, halagó y espantó al mismo tiempo.

—¿Qué? ¡No! ¡Sólo soy un aficionado al género!
—Ya, claro. O sea, que la muy puta frígida me corta el rollo dos veces, me quedo dos días sin cobrar por su culpa y ahora me trae un suplente.
—Oiga, que le digo que yo no… perdone, ¿sin cobrar?
—¿No era un aficionado al género? ¡Los actores porno no cobramos si no “acabamos la faena”! ¡Creí que sabía algo más!
—Vaya, perdone, me temo que sólo soy aficionado a nivel espectador.

Eso pareció tranquilizarle. Si no sabía cómo trabaja un actor porno, difícilmente podía ser su reemplazo.

—Bueno. Pues que disfrute del espectáculo. Hoy es mi gran escena, todas las chicas para mí. Espero que Jenny no me vuelva a joder. O bueno, o que sí, usted ya me entiende.
—Por supuesto. Pues mucha mierda para esta escena, señor…
—Rick. Rick Grande.

El actor se puso los cuernos que constituían casi por completo su disfraz de diablo y se fue al centro del escenario, a la espera de que las luces estuviesen arregladas y la coreografía reorganizada para empezar a rodar.

Yo allí ya tenía bastante. Y la verdad, sentía curiosidad por lo que Jnum hubiera podido encontrar en las fotos. Como no conseguía encontrar a Boniatus entre el gentío, le llamé al móvil; pero me dijo que aún seguía trabajando, que de hecho se había metido a investigar en el camerino de la actriz desaparecida, y que le llevaría algún tiempo.

Había trabajo que hacer. El cumpleaños de Jenny Thales era el próximo jueves 24. Si realmente había alguien intentando asesinarla (y la verdad, no las tenía todas conmigo), apenas teníamos una semana para resolver el misterio, así que abandoné el plató. Ya esperaría a que sacaran la película. O incluso el libro.

51 comentarios

Archivado bajo Amenaza, arma blanca, carta, Cine, Fotografía, una caja de porno

Apéndice a los casos nº 00011 y nº 00012: LA PREGUNTA EN EL AIRE

El cursor parpadeaba en la pantalla de mi ordenador. Había reunido toda la información que teníamos sobre nuestros últimos dos casos. Pero seguía siendo insuficiente. No teníamos nada sobre A. K. Ni su edad, ni su sexo, ni su aspecto físico, ni tan siquiera su nombre completo. No sabíamos si trabajaba solo o con alguien. No sabíamos de dónde era. No sabíamos nada, salvo que por alguna extraña razón nos había escogido como compañeros de juegos.

Me sacaba de quicio. Nunca habíamos encontrado a nadie que cubriera tan bien sus huellas. Claro que, técnicamente, a éste tampoco lo habíamos encontrado aún.

—Jack —saludó Boniatus entrando en mi despacho.
—Profesor… ¿tienes buenas noticias?
—En parte. Verás, en la escena había huellas de pisadas, me llevará algún tiempo cribar las nuestras y las de la policía, pero quizás así podamos llegar a descubrir la estatura, puede que el sexo, de…
—… de quienquiera que llevase allí a David Jiménez personalmente —interrumpí—. No me mires así, profesor, sólo expongo la realidad. No sabemos quién hizo el trabajo. No sabemos si A. K. fue sólo el organizador.
—Sabemos un par de cosas, Jack. ¿Recuerdas al doctor Noriega?
—El que le hizo la autopsia a la madre, sí.
—Pues en la cripta encontramos instrumental quirúrgico. Se ha determinado no sólo que la sangre encontrada en él es de David Jiménez y su madre… sino que las huellas dactilares encontradas en el estuche y en los mangos son de Noriega.
—Lo que explica por qué cogió las vacaciones tan convenientemente.
—Hay más. Una de las herramientas, perdona pero no me acuerdo del nombre, fue la que se utilizó para cauterizar la mano cortada. Pero adivina qué más.
—¿La letra J?
—Exacto. Irene lo ha confirmado. Se grabó a fuego con la misma herramienta.
—¿Dirías que la amputación se produjo en esa misma cripta?
—No, me temo que esa escena aún está por encontrar.
—Entiendo. Lo que me estás diciendo entonces es que Marcos Noriega está implicado en los crímenes de A. K. Que podría ser él, pero que no tenemos pruebas.
—Podría ser él, en efecto. He hecho algunas averiguaciones más.
—Cuenta.
—El doctor Noriega estuvo de vacaciones en fin de año. Hasta ahí todo normal, sólo que su secretaria no sabe dónde fue. De momento, la gente con la que he hablado tampoco lo sabe.
—Lo que quiere decir…
—… que no tiene coartada para el asesinato de Arturo Quintanilla. La primera vez que nos enfrentamos a A. K.
—Sigue sin ser concluyente, pero es un paso. Investigaré si existía alguna relación entre los Jiménez, Arturo Quintanilla y Jorge Brezo. Tiene que haber un motivo detrás de estos crímenes.

Boniatus asintió y se dio la vuelta. La puerta de mi despacho se cerró a sus espaldas.

Inmediatamente me levanté y le seguí.

—¡Profesor! —le llamé.

Algunos investigadores de la Sociedad del Misterio, que estaban presentes, se volvieron para mirarle a él. Boniatus se giró y se encaró conmigo.

—Buen trabajo. Y no sólo con esto. Buen trabajo coordinando tu primera investigación.
—Fue fácil —respondió Boniatus con una amplia sonrisa—. He tenido un buen equipo.

Volví a mi despacho, dejando a Boniatus sumergido en aplausos. Se había ganado ese pequeño triunfo; pero yo aún tenía que terminar el trabajo, si es que alguna vez era capaz de terminarlo. La nueva información que el Profesor había recopilado sería útil, sin duda, pero aún no nos llevaba a nada concluyente, y lo sabía. La añadí al informe, pero no podía dejar de pensar que algo se nos escapaba.

En fin. Abrí otro documento y lo mandé a la cola de impresión. Rápidamente, la lista final de condecorados en el caso doble de la Escena sin Crimen y el Crimen sin Escena apareció por la bandeja de la impresora. La recogí y volví a salir de mi despacho, en dirección a la hilera de tableros de corcho del centro de las oficinas, como de costumbre, y lo clavé en el mismo centro, a la vista de todo el mundo.

Pero no volví inmediatamente a mi despacho. Paralela a la hilera de tableros de corcho hay una segunda hilera de pizarras blancas. Cogí un rotulador, lo agité para estar seguro de que escribiría, y dejé una pregunta para mi equipo de investigadores:

¿POR QUÉ LO HA HECHO?

18 comentarios

Archivado bajo A. K., amputación, apéndice, cementerio, Doctor Noriega, forense, huellas dactilares, instrumental quirúrgico