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Caso nº 00008: RÉQUIEM POR UN PAYASO (CERRADO)

Los que estéis más al tanto del panorama cultural ya habréis leído la noticia del fallecimiento del tenor Jorge Brezo, con tan solo 28 años. Era una joven promesa de la ópera, que había pasado de papeles de relleno al rol del barón Duophal en La Traviata y de ahí a Canio en I Pagliacci, su primer papel protagonista y sin duda el más dramático y sentido de todos. Su agente y sus compañeros de reparto se han mostrado desolados, como podréis leer en las siguientes declaraciones en prensa:

Juan Nicolaides (52 años, soltero, agente artístico del difunto): Se lo advertí. Le advertía que se implicaba demasiado con su personaje… Si eso no le mató, desde luego lo intentó. En las últimas semanas había llegado a tener hasta pesadillas. Aún no puedo creer que al final haya acabado así. Y en su mejor momento. La crítica aplaudió su Duophal, pero ¿su Canio? ¡Su Canio le iba a convertir en una leyenda! Conservaba todo el dramatismo, pero ¡qué amenazante! Hemos perdido a uno de los grandes, créanme.

Violeta Sanpedro (27 años, soltera, Nedda en I Pagliacci): No me lo creo. Sencillamente no me lo creo. No puede haber pasado. La noche anterior habíamos estado de cañas los tres, con Armi. Una noche de las buenas, de las que al final Armi y yo le tuvimos que llevar a su casa y todo. No me entiendan mal, Jorge apenas bebía salvo cuando teníamos algo que celebrar, y su Canio estaba cosechando tantos éxitos que esa noche salimos a festejarlo. Se le veía tan normal… No me puedo creer que haya pasado esto. No se lo merecía.

Armando Mazas (38 años, soltero, Beppe en I Pagliacci): Jorge era un genio. Era brillante, en serio. Con todos los años que llevaba yo ya en este mundillo, creo que no había visto a nadie tan joven llegar tan alto. ¡Canio antes de los treinta! El sueño de todo tenor. Sé que el espectáculo debe continuar… pero no va a ser nada fácil. Y por favor, dejen estar el tema de las drogas. Jorge no se drogaba, no tomaba nada que no le hubiera prescrito el médico, y esa noche me dijo que ni siquiera iba a necesitar su medicación. Un poco de respeto por un difunto, por el amor de Dios.

Falleció hace ya una semana en circunstancias aún por determinar: la autopsia ha encontrado somníferos en su cuerpo y en su dormitorio, pero las pruebas para determinar si se trataba o no de una sobredosis han resultado inconcluyentes. La prensa rosa y la amarilla, naturalmente, ya han apuntado a una no probada drogadicción, así como a un posible suicidio. Ya sabéis cómo son estos casos: la mayoría de las veces es imposible demostrar nada, pero a este tipo de revistas parece darle igual. Con todo, la versión oficial es que se trató de una muerte accidental.

Y ahí debió quedar la cosa. Pero cuando Virginia Brezo (30 años, casada, hermana del fallecido) quiso dar sepultura a su hermano, el padre Benito Piña (63 años, párroco, obviamente soltero) se negó en redondo, argumentando que “si Jorge resultaba haberse suicidado, habría cometido un pecado mortal y no podría ser enterrado en Suelo Sagrado”. Las súplicas de Virginia, feligresa de la parroquia del padre Piña desde pequeña al igual que su hermano, no sirvieron de nada.

Así que la señora Brezo solicitó nuevas pruebas. Según el forense que lleva el caso de Jorge Brezo, estas nuevas pruebas tardarán entre diez días y dos semanas, y aún no hay garantías de que vayan a dar mejores resultados. Pero ante la preocupación de la hermana, el forense habló del caso con una colega suya, nuestra buena amiga Irene Watson… y ella le habló de nosotros.

Reconozco que no acepté este caso con demasiada convicción. Conozco los detalles de la investigación. Es un callejón sin salida. Incluso si se confirmara la sobredosis, sería demasiado difícil determinar si fue accidental o voluntaria. Con todo, y como andábamos algo escasos de trabajo, decidí que bien podíamos echar un vistazo, sólo por si veíamos algo que a la policía se le hubiera escapado.

Esa misma noche, Boniatus y yo acudimos al apartamento del difunto. Un trabajo rápido: estudiar el lugar en el que se encontró el cuerpo, intentar aprender algo de cómo vivía Jorge Brezo, posibles motivos de suicidio, algún otro problema de salud que se les hubiera pasado por alto.

—¿Qué sabemos por ahora? —preguntó el Profesor.
—La mujer de la limpieza llamó un par de veces a la puerta antes de abrir con su llave, como hacía siempre. Encontró el cuerpo de Brezo tendido en la cama y se sorprendió, pero pensó que estaba durmiendo y le dejó a lo suyo mientras limpiaba el resto de la casa. Cuando intentó despertarle para limpiar el dormitorio, descubrió que ya era tarde. Tenemos fotografías de la escena, las traigo aquí, pero he preferido que lo veas in situ.
—¿Se ha interrogado a la mujer de la limpieza?
—Claro, pero ¿qué esperabas que descubrieran? No hay indicios de que sea algo más que un accidente o un suicidio.
—No sé, sólo pensaba que, si fuera un asesinato, sería muy conveniente para el asesino que alguien limpiara la casa antes de descubrir el cuerpo.
—Tienes mono de asesinatos, ¿eh? —comenté con media sonrisa.
—Bueno, es que el último caso fue un secuestro, y claro…
—¡Pero si tuvimos hasta caja de porno y todo!
—Eso sí te lo tengo que recono…

Rápidamente le hice una seña para que guardase silencio. No tardó en comprender lo que ocurría: al otro lado del rellano, la puerta del apartamento de Brezo estaba entreabierta.

Moviéndonos en silencio, con los cinco sentidos alerta, nos acercamos a la puerta del apartamento y nos pegamos a la pared. Desde el interior nos venía el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, alguien revolviendo objetos. La leve luz de una linterna barría el apartamento. Oímos lo que nos pareció un suspiro de alivio. Al parecer no éramos los únicos que pensábamos que podíamos encontrar algo en ese lugar.

Desenfundé mi arma, hice una señal a Boniatus para que estuviera preparado y me dispuse a abrir cuidadosamente la puerta. Pero entonces se oyó el ruido de cristales rotos y unos pasos corriendo en dirección a la ventana. ¡Sabía que estábamos allí! Derribé la puerta de una patada e irrumpimos en el revuelto apartamento de lujo. Pero el intruso ya había salido por la ventana, el sonido de sus pisadas le situaba en la escalera de incendios.

—Quédate aquí —sugerí.
—Puedes necesitar ayuda…
—¡Quédate aquí y asegúrate de que no entre nadie más! —insistí—. Sea lo que sea que estuvieran buscando, no nos interesa que vuelvan a por ello.

Sin esperar respuesta, sabiendo que el tiempo apremiaba, salí a la escalera de incendios. Era rápido, había que concedérselo: para cuando puse el pie en el primer escalón, ya estaba en la calle. Corrí todo cuanto pude, le perseguí por entre el tráfico. Me llamó la atención que vestía ropa excesivamente colorida. También observé que corría agachado. Mi móvil vibraba en mi bolsillo, pero en ese momento tenía cosas más importantes que hacer.

Finalmente entró en un callejón. Pero cuando doblé la esquina, me encontré cara a cara con el cañón de una pistola. Sabía que no me daría tiempo a apuntarle con la mía antes de que disparase… Error de principiante. Al menos ahora estaba seguro: mi presa, la persona que me estaba apuntando a la cabeza, iba vestida de bufón y llevaba la cara pintada.

Retrocedió un par de pasos sin dejar de apuntarme. No dijo una palabra, pero yo ya creía estar bastante seguro de que no tenía intención de disparar si no era necesario. Decidí arriesgarme y levanté mi propia arma… el disparo del bufón me agujereó el sombrero. Cerré los ojos por impulso. Para cuando los volví a abrir, el bufón había desaparecido. Traté de dar con él, pero parecía haber desaparecido a la salida del callejón. Pregunté a los viandantes, rebusqué por los portales y finalmente di con una tapa de alcantarilla abierta. Pero el rastro ya se había enfriado. Había perdido al tirador.

Con un gruñido de frustración, me saqué el móvil del bolsillo y descolgué.

Jack, soy Irene— saludó la voz de nuestra buena amiga al otro lado de la línea—. Tengo novedades del laboratorio forense. Una dosis monstruosamente elevada de secobarbital.
—¿Secobarbital? ¿Barbitúricos?
Sí, ya sabes que se utilizan para el tratamiento del insomnio, y se sabía que el tenor lo padecía. También ha sido la causa de la muerte de más de una celebridad, como Marilyn Monroe o Charles Boyer. Una forma muy glamourosa de morir, si me perdonas el comentario. Siento haberte metido en esto, Jack, me temo que al final va a ser un suicidio.
—Ya, pues ¿sabes qué? Yo lo dudo bastante.

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Caso nº 00002: EL ASESINATO DEL DOCTOR WATSON (CERRADO)

Ante todo quiero daros a todos las gracias por venir, especialmente habiendo sido avisados con tan poca antelación. Pero supongo que comprenderéis que la situación es lo bastante seria como para requerir vuestra presencia.

Creo que convendría que os pusiera en antecedentes. La Sociedad del Misterio acaba de empezar a actuar, como ya sabéis, pero gran parte del equipo (yo mismo incluido) ya hemos trabajado antes como investigadores en distintas áreas. Por eso decidimos crear esta sociedad, para ayudar a esclarecer todos los misterios que la policía no consigue resolver por sí misma, o incluso para asesorar a particulares como detectives privados.

Me siento muy orgulloso de mi equipo de investigadores. Pero para mí, estaría incompleto sin la participación de uno de mis más viejos amigos: el doctor en medicina forense Juan “Watson” Garzón.

Watson, como le llamábamos cariñosamente, fue quien me introdujo en el mundo de la investigación criminal. El forense más despierto que jamás he visto. Fue su insistencia la que impidió que la policía cerrase algunos casos antes de tiempo. Un forofo de la literatura detectivesca, cuando trabajábamos juntos teníamos la costumbre de desafiarnos con frases memorables de Sherlock Holmes, a ver si éramos capaces de adivinar a qué caso pertenecían. Para mí fue mucho más que un maestro.

Cuando decidimos crear la Sociedad del Misterio, naturalmente Watson fue uno de los primeros a los que llamé. Imaginad mi sorpresa cuando me dijo que se había retirado. Fue una pena porque por ahora dependemos del departamento forense de la policía, pero a nivel personal me supuso una terrible decepción.

A pesar de ello no volví a pensar en esta historia. Hasta que, durante la investigación del caso de la Mano del Muerto, recibí una llamada de su hijo. Jaime Garzón, cuarenta y cinco años, pintor. Me informaba de que se acercaba el cumpleaños del viejo Watson, y que la familia quería darle una fiesta sorpresa. Tenían muchas ganas de que yo pudiese unirme a ellos. Le dije que tendría que darme unos días, hasta que cerrásemos el caso actual, y que aún así no podría garantizarle nada porque no sabía si surgiría algún nuevo caso.

Volví a llamarle tan pronto como cerramos nuestro primer caso. Le noté algo preocupado. Finalmente logré que me contase lo que pasaba.

-Es ese maldito caso, Jack –me dijo-. El caso que no fue capaz de cerrar. Sabes que fue por eso por lo que se retiró, ¿no?
-No quise preguntar –respondí-, pero ya me calculaba que había tenido que hacer falta algo realmente frustrante para que alguien como tu padre se retirase del juego.
-El problema es que no le bastó con retirarse. Cada día ha estado algo más huraño, algo más obsesionado. Y como sigue sin conseguir avanzar, cada día que pasa se deprime más. Está fatal, Jack. Por eso queremos montarle algo para su cumpleaños, y por eso sería genial que pudieras venir.

¿Cómo podía negarme? Dejé bien claro que el trabajo podía reclamarme a última hora y que no sabía si podría ir con seguridad, pero me comprometí a asistir a la fiesta si no surgía ninguna complicación. Me moría de ganas de ver a mi viejo amigo, y quién sabe… pensé que quizás, si le ayudaba (o le ayudábamos) a cerrar su caso, tal vez recuperase los ánimos y se uniera al equipo.

El sábado 22 de Septiembre llegué a la casa de mi viejo amigo y maestro. Lo primero que hice fue soltar un silbido de admiración.

Watson siempre había sido muy ahorrador. Y según parece, la jubilación le permitió invertir el dinero en lo que siempre había querido: una pequeña mansión en la montaña, aislada del ruido de la ciudad, donde poder retirarse a pensar… o pasar el tiempo con sus familiares y amigos sin miedo a molestar a los vecinos.

La ex-mujer de mi amigo fue quien me recibió a la entrada. María Morales, sesenta y tres años, maestra de primaria. Siempre me costó trabajo creerme la historia del divorcio de María y Watson. Según ellos contaban, llegó un momento en el que María comprendió que seguía queriendo a su marido, pero que no podía soportar el trabajo que él desempeñaba. Sea como sea, jamás he conocido pareja de divorciados mejor avenida. Se siguieron viendo con frecuencia, salían juntos a cenar, y aún acudían juntos a todos los eventos sociales. Uno no sabía si habían olvidado que hubieran estado casados y sólo recordaban que eran buenos amigos de toda la vida, o si lo que habían olvidado era que ya no estaban casados.

No me sorprendió demasiado descubrir que el ayudante del doctor Watson, Samuel Viñas, ahora compartía techo con él como su mayordomo. Samuel (treinta y nueve) había sido un delincuente juvenil al que se le fue un robo de las manos. La investigación de Watson ayudó a la policía a dar con la pista del joven homicida involuntario, pero mi viejo colega fue capaz de ver que el muchacho había cometido un error que le perseguiría durante años, quizás durante toda su vida. No vio en sus ojos a un asesino. Así que, tan pronto como Viñas salió en libertad, recibió una inesperada oferta de trabajo de Watson. Pese a que como ayudante era pésimo, Watson nunca desistió y lo cuidó como a un hijo, empeñado como estaba en enderezarlo. Verle de frac, con pulcros guantes blancos y un delantal a rayas, me convenció de que al final mi amigo había conseguido su objetivo.

Jaime me saludó efusivamente cuando lo encontré en el salón. Pude ver un destello de esperanza en sus ojos.

-¡El viejo Jack! Me alegra que hayas podido venir, amigo.
-Yo también. ¿No está tu padre por aquí?
-No, y gracias a Dios. ¿Qué clase de fiesta sorpresa podríamos organizarle con él en casa?
-La misma que le estáis organizando sin él, Jaime –respondí con media sonrisa-. Parece que no conozcas a tu padre; está clarísimo que ya ha tenido que encontrar como mínimo media docena de pistas de lo que estáis planeando.
-Eso esperamos –terció María-. Nos hemos esforzado mucho en dejarle pistas falsas.

Me reí de buena gana. Desde luego no creía que ese truco pudiera engañar al viejo Watson, pero en el fondo sabía que yo habría intentado lo mismo.

El resto de los invitados llegaron durante la siguiente hora. Se trataba de Irene Garzón, la hija de mi amigo (cuarenta y tres años, forense como su padre); Pablo Morales, sobrino y ahijado de Watson (treinta y siete años, cocinero); e Isabel Alterio, novia de Jaime desde hacía un par de meses (treinta y dos años, cantante en un piano-bar).

Mi curiosidad se impuso a mi corrección, así que lo primero que hice cuando conocí a esta última fue preguntar por la diferencia de edad entre Isabel y Jaime. Eso sí, al menos tuve la delicadeza de esperar a que saliera de la habitación y preguntar a María.

-Bueno, entendemos que no es como si se hubiera liado con una adolescente –respondió-, pero no sé, creo que a Juan no le gusta. No quiere hablar del tema, así que no te puedo dar más datos.
-¿Cuándo le han gustado a Papá alguno de nuestros novios, mamá? –intervino Irene con la suficiente discreción como para que la conversación siguiese quedando entre nosotros.
-¡No seas así! Ramón le caía bien.
-Todo un éxito, me ligo a un imbécil y a papá le cae bien –replicó ella con una sonrisa.

Aunque sabíamos que nuestro homenajeado tardaría aún en llegar, habíamos optado por celebrar la fiesta en el estudio, una habitación sin ventanas para evitar que Watson viese la luz encendida al llegar. Habíamos asignado a Samuel la tarea de avisarnos por radio tan pronto como viese el coche acercarse a la casa, para tener tiempo de ocultarnos. Hasta entonces, decidimos ponernos cómodos.

Me acerqué a Pablo, junto al mueble-bar que mi amigo tenía en su estudio. Me llamó la atención que el mueble bar tuviese una cerradura de combinación, pero Watson siempre había sido bastante excéntrico para algunas cosas. A Pablo se le veía levemente incómodo. Procuré que mi pregunta al respecto sonase más a preocupado interés que a interrogatorio.

-No es nada, señor Ryder –me dijo-. En serio, no es nada.
-¿Está seguro?
-Bueno, sí, es algo, pero no quiero hablar del tema.
-Lo comprendo, disculpe si le he ofendido…
-No se preocupe, entiendo que es usted curioso por naturaleza. Usted es detective privado, ¿no?
-Algo así.
-Hagamos una cosa. Intente deducir qué es lo que me preocupa. Si lo acierta, estoy dispuesto a contarle todos los detalles.
-No lo veo apropiado…
-Venga, hombre, seguro que se le ocurre algo.
-A ver, claro que se me ocurre algo, pero sigo pensando que no soy quién para decirle que esa mala racha financiera ya pasará, y que entiendo su frustración pero que a veces los artistas como su primo pasan por buenas etapas, lo que no significa que eso vaya a durar para siempre. Así que podría decirle que no se sienta inferior, que usted tiene un trabajo mucho más estable que Jaime y que, por lo tanto, su situación económica se normalizará pronto. Pero como ya le digo, no creo que yo sea quién para ahondar en esos temas.

Y me alejé con una sonrisa, dejando a un perplejo Pablo a mis espaldas. Quizás, pensé en ese momento, si en algún momento decidiera dejar de considerar el trabajo de investigación como un espectáculo de circo, podría llegar a explicarle que no sólo resultaba evidente cómo miraba su traje y el de su primo (de una excelente calidad) alternativamente y con una mirada de frustración, sino que su tía María ya me había hablado del pequeño escollo financiero en el que estaba. Pero por el momento, con eso tendría bastante información.

En ese momento recibimos el aviso por radio. Nuestro invitado de honor estaba llegando a la casa. A una orden de María, todos corrimos a buscar un escondite apropiado. Ella permaneció junto a la puerta para apagar las luces, ya que conocía la casa mejor que nadie y podía encontrar un buen escondite a oscuras. Corrí a ocultarme tras el sofá que estaba en el centro de la habitación. Jaime escogió un aparador, al lado de la misma puerta, como parapeto. Irene se escondió tras el sillón, junto al sofá. Pablo era un hombre de baja estatura, así que la planta de interior al otro lado de la puerta era un escondite bastante aceptable si íbamos a estar a oscuras. Isabel se deslizó hábilmente debajo del escritorio, al fondo de la habitación; buen escondite, pensé, ya que éste tenía un tablero de madera en la parte frontal.

María apagó las luces. De oídas, pude saber que caminaba en dirección el escritorio; pero dado que ella ya sabía que ese escondite estaba ocupado, sólo puedo suponer que planeaba ocultarse tras la librería de al lado.

Aguardamos unos minutos en el más absoluto silencio, hasta que finalmente oímos los pasos del doctor Watson aproximarse a la puerta. A partir de ahí, sólo debíamos esperar a que él encendiera las luces para salir de nuestros escondites gritando “¡Sorpresa!”. No podía adivinar lo que ocurrió a continuación.

La puerta se abrió. Desde mi escondite apenas podía distinguir la silueta de mi viejo amigo recortándose sobre las luces del pasillo. Entró y cerró la puerta tras de sí. Después de eso pudimos oírle trastabillar una vez, tantear la pared varias veces, emitir un extraño suspiro, volver a tantear la pared (esta vez con más fuerza) y, finalmente, desplomarse. Sentí a María pasar a mi lado como una exhalación, corriendo hacia el interruptor de la luz.

Cuando las luces se encendieron, todos salimos de nuestros escondites. El doctor Juan “Watson” Garzón yacía moribundo en la misma puerta de su estudio, con una daga clavada en su espalda. María gritó horrorizada y se desmayó junto a él.

Nadie sabía qué decir ni qué hacer. Yo mismo me encontré superado por el shock. Tardé un par de segundos en reaccionar.

-Atiéndela a ella –dije a Jaime.
-¡Pero…!
-¡Atiéndela a ella!

Sin quitar ojo de encima a su padre, Jaime corrió a reanimar a su madre. Yo traté de procesar mentalmente la escena. Todos habíamos salido de nuestros correspondientes escondites; quienquiera que fuese, tuvo tiempo de volver a su sitio. Pero no debió tener demasiado tiempo para llegar hasta la puerta y cometer la agresión desde que Watson entró.

-Jack… -gimió de pronto mi amigo.

Corrí hacia el cuerpo agonizante del doctor Watson y lo sostuve entre mis brazos. Error, como comprendí más tarde, porque ahora mis huellas estaban en el cuerpo.

-Dime, Watson.
-“Debería… haber entrado… en el bar más cercano” –recitó con voz temblorosa-. “Ese es… el centro… de todos los cotilleos…”

Quise decirle que ahorrase fuerzas. Quise decirle que intentase darnos alguna pista sobre su agresor. Pero instintivamente acabé por seguirle el juego, aquel viejo juego de las frases memorables que hacía años que no retomábamos. Y quizás fue porque él había escogido, probablemente a sabiendas, una de mis frases favoritas.

-“La Aventura de la Ciclista Solitaria” –le dije.
-No- respondió con una última sonrisa y un gesto que bien pudo ser un guiño.

Y fue en ese momento, mientras mi viejo amigo y mentor moría en mis brazos, mientras Isabel se apresuraba a buscar un teléfono para llamar a la policía y a una ambulancia que llegaría demasiado tarde, cuando comprendí la horrible verdad. No fue hasta entonces, cuando mi cerebro volvió a entrar en modo investigador, que me di cuenta del auténtico problema de este caso.

Los seis invitados éramos sospechosos; todos estábamos en la escena del crimen cuando se cometió el asesinato. Y ninguno de los seis teníamos coartada: en el momento del crimen, ninguno podía ver lo que hacían los demás, y por tanto ninguno de nosotros teníamos testigos.

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Caso nº 00001: LA MANO DEL MUERTO (CERRADO)

El vecino de al lado fue quien avisó a la policía. La víctima era muy hogareña, pero aún así salía todos los días a trabajar; tras dos días de encierro, el vecino intrigado llamó varias veces a su puerta para saber si se encontraba bien. Al no obtener respuesta, llamó a las autoridades. Y nuestro contacto en la policía me llamó a mí.

Cuando llegué, la policía ya se había hecho cargo de la escena del crimen. El cadáver fue encontrado en su dormitorio, en ropa de casa, con una herida de arma blanca en el corazón, la mano derecha cercenada y cinco cartas de una baraja francesa sobre ella. Se trataba de un hombre joven, no más de treinta años, contable, que respondía al nombre de Andrés Jiménez. Soltero, aunque en su habitación se encontraron fotografías de él y una mujer con la que luego supimos que mantenía una relación estable. Huérfano de padre, su única familia la constituían su madre y su hermano menor, que vivían juntos fuera de la ciudad.

Analicé la escena. La cama estaba hecha, lo que indicaba que el crimen ocurrió antes de que la víctima se acostase o después de que se hubiera levantado; más probablemente lo primero, dado que no iba vestido para ir a trabajar. Una amplia colección de pornografía en una caja de cartón, bajo la cama. Me pregunté si su chica sabría algo de aquella “galería de arte”. Sobre el escritorio, un ordenador portátil apagado, con la pantalla abierta. Una lata de cerveza medio vacía en la mesita de noche. Por lo demás, aquella habitación era de una pulcritud que casi daba asco. Austera, porque aquel hombre vivía sin grandes lujos, pero pulcra hasta rozar el umbral del dolor. Por supuesto, no tuvimos la suerte de encontrar el arma del crimen.

La policía se hizo cargo de la dura tarea de notificar la muerte de Jiménez a sus allegados. Se decidió ocultar el detalle escabroso de la mano y las cartas. El portátil y las cartas de baraja (dos ases, dos ochos y un dos) fueron procesadas como pruebas. El equipo del forense levantó el cuerpo.

Cuando la “viuda” llegó al domicilio del difunto, yo fui la primera persona que vio. Me fijé en sus ojos. Estaban deshechos en lágrimas.

La policía se encargó de tomarle los datos, pero ella no me quitaba ojo de encima. Era comprensible, yo había sido la primera persona a la que veía en el escenario. Aproveché para tomar mis propias notas. La chica se llamaba Cecilia Ordóñez. Veintiocho años. Era camarera. Conoció a la víctima en el trabajo. También conocía a su hermano, pero aún no le habían presentado a su madre. Observé que el agente que la interrogaba no caía en la cuenta, o quizás procuraba evitar, preguntar acerca de la pornografía del difunto. “Novato”, pensé.

Cuando se le preguntó dónde había estado hacía dos días, respondió que llevaba toda la semana trabajando dos turnos al día y que no había tenido tiempo para nada más. Una coartada lo bastante sólida, pensé, puesto que una camarera podía disponer de cerca de un centenar de testigos por cada turno trabajado.

El hermano llegó poco después. Aún le temblaban las piernas cuando cruzaba el umbral.

Su nombre era David. Veintiseis años. Estudiante universitario de medicina, repetidor compulsivo. Siempre se había sentido criado por su hermano mayor, desde la muerte de su padre quince años atrás. Su madre había caído en una fuerte depresión por aquellas fechas, y fueron los dos hermanos quienes tuvieron que cuidar de ella… y de ellos mismos.

Hacía cuatro días que no se separaba de su madre. Sus problemas de salud se habían agravado en los últimos meses. No podía dejarla sola más de unas horas. Ella podría corroborarlo.

La policía estaba a punto de dejarles ir, con la ya famosa frase de “no salgan de la ciudad”, cuando llegó una llamada del laboratorio. Habían enchufado el ordenador portátil. Resultaba que no estaba apagado, sino hibernando. Al parecer, el ordenador se quedó encendido después del asesinato hasta que se agotó la batería.

El equipo aún conservaba la última dirección visitada. Se trataba de un casino online.

La policía prosiguió su investigación; pero la Sociedad del Misterio ya había iniciado la suya propia. Lo primero que hicimos fue consultar el estado de las cuentas bancarias de la víctima. Si era aficionado al juego online, podía tener problemas de dinero. Eso nos daría un posible móvil.

Para mi asombro, nos encontramos justo con el caso contrario. A pesar de los pocos lujos con los que vivía la víctima, su cuenta bancaria estaba a reventar. Y así llevaba cerca de un año. Lo que, por supuesto, nos daba un móvil todavía más poderoso.

Volví a hablar con los allegados. Ni Cecilia ni David sabían nada de la situación económica de Andrés. Curiosamente, David sí que conocía la afición de su hermano por el póker… del mismo modo que Cecilia conocía la pasión de su novio por el porno. A ninguno de los dos le preocupaban estas cosas, siempre que no llegasen a convertirse en una enfermedad.

Pregunté a David por su propia situación financiera. Su respuesta no me sorprendió: vivía con un cierto desahogo, considerando que vivía en casa de su madre y que por tanto tenía vivienda y comida pagadas. Cecilia, por otra parte, estaba pasando apuros económicos. Por eso había tenido que empezar a trabajar dos turnos al día. Andrés no sabía nada de esta situación, o al menos Cecilia no se lo había querido contar.

Había algo que me inquietaba desde el principio. La autopsia no reveló ninguna herida defensiva. Sin embargo, la víctima tuvo que ver venir a su asesino, ya que el arma le vino de frente. Andrés se mantenía en buena forma. Practicaba taekwondo, según nos había dicho la novia. Así que ¿por qué no se defendió de su agresor?

Mantuve una última reunión con Cecilia y David. No quería seguir molestando a los allegados sin tener nada contra ellos, pero necesitaba la perspectiva de aquellos que le conocían. Ya se había creado un clima de confianza entre nosotros tres… no, de confianza no; tal vez la palabra más precisa sea “costumbre”. Si en algún momento habían estado a la defensiva, ese tiempo había quedado atrás.

-Es algo que tenía que pasar -acabó por murmurar David.
-¿Qué quieres decir? -inquirió Cecilia-. ¿Quién querría verle muerto?
-Bueno, Ceci, no lo sé, pero piensa que era un jugador empedernido de póker. Y debía ser la hostia de bueno, cuando se sacó tanto dinero. Nunca sabes con quién estás jugando, así que quizás alguno de sus rivales…
-Lo estamos investigando -interrumpí-. Hasta el momento nada. Todos tienen una coartada sólida. De muchos de ellos, incluso, nos creemos lo que nos dicen de que no habrían sabido cómo encontrar a Andrés fuera de la red.
-Yo desde luego no habría sabido -admitió Cecilia, y de nuevo las lágrimas se le agarraron a la garganta.
-Calma, calma, Ceci -la consoló David-. ¿Prefieres que me quede esta noche por aquí? Para que no te quedes sola…
-David, por favor -le espetó ella entre sollozos-. Qué pensará el detective… Por favor, no se lleve a engaños -me dijo-. David no está interesado sexualmente en mí, si lo estaba considerando como motivo.
-Yo no he dicho nada -me apresuré a aclarar.
-No, pero ella tiene razón, es mejor evitar los malentendidos -replicó David-: soy gay. Sólo me preocupo por mi cuñada, eso es todo, no intento aprovecharme de la situación.
-Entendido -respondí.
-Y de todas formas no hace falta que te quedes -añadió ella para su cuñado-. Se está quedando una amiga conmigo estos días.
-Como tú quieras.

Hubo un minuto de silencio inintencionado, y de pronto David volvió a suspirar.

-¿Sabe qué es lo más irónico? -me dijo-. En el póker hay una jugada que se dice que da mala suerte. ¿Sabe cuál es?
-No juego mucho al póker -admití.
-La pareja de ases y ochos. La llaman “La mano del muerto”.
-Disculpadme -se excusó de pronto Cecilia rompiendo otra vez a llorar-. Ahora mismo me siento una persona horrible.
-¿Y eso? -pregunté.
-Mi novio está muerto. No hace ni dos semanas que fue asesinado… y no puedo dejar de pensar en que no dejó testamento. Soy despreciable.
-Es algo natural, Ceci -explicó David-. En la facultad hemos dado algo de psicología, y creo que es comprensible que, después de un trauma como éste, tu mente busque una idea distinta a la que aferrarse. Yo por ejemplo pienso en mamá.
-¿Y te ayuda?
-No especialmente. Pero que ya te digo, que es algo natural.

Pagamos la cuenta de los cafés, nos despedimos y volví de nuevo a la Sociedad del Misterio. Algo se nos estaba pasando por alto, estaba seguro. El asesino siempre, SIEMPRE comete un error.

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