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Caso nº 00008: RÉQUIEM POR UN PAYASO (CERRADO)

Los que estéis más al tanto del panorama cultural ya habréis leído la noticia del fallecimiento del tenor Jorge Brezo, con tan solo 28 años. Era una joven promesa de la ópera, que había pasado de papeles de relleno al rol del barón Duophal en La Traviata y de ahí a Canio en I Pagliacci, su primer papel protagonista y sin duda el más dramático y sentido de todos. Su agente y sus compañeros de reparto se han mostrado desolados, como podréis leer en las siguientes declaraciones en prensa:

Juan Nicolaides (52 años, soltero, agente artístico del difunto): Se lo advertí. Le advertía que se implicaba demasiado con su personaje… Si eso no le mató, desde luego lo intentó. En las últimas semanas había llegado a tener hasta pesadillas. Aún no puedo creer que al final haya acabado así. Y en su mejor momento. La crítica aplaudió su Duophal, pero ¿su Canio? ¡Su Canio le iba a convertir en una leyenda! Conservaba todo el dramatismo, pero ¡qué amenazante! Hemos perdido a uno de los grandes, créanme.

Violeta Sanpedro (27 años, soltera, Nedda en I Pagliacci): No me lo creo. Sencillamente no me lo creo. No puede haber pasado. La noche anterior habíamos estado de cañas los tres, con Armi. Una noche de las buenas, de las que al final Armi y yo le tuvimos que llevar a su casa y todo. No me entiendan mal, Jorge apenas bebía salvo cuando teníamos algo que celebrar, y su Canio estaba cosechando tantos éxitos que esa noche salimos a festejarlo. Se le veía tan normal… No me puedo creer que haya pasado esto. No se lo merecía.

Armando Mazas (38 años, soltero, Beppe en I Pagliacci): Jorge era un genio. Era brillante, en serio. Con todos los años que llevaba yo ya en este mundillo, creo que no había visto a nadie tan joven llegar tan alto. ¡Canio antes de los treinta! El sueño de todo tenor. Sé que el espectáculo debe continuar… pero no va a ser nada fácil. Y por favor, dejen estar el tema de las drogas. Jorge no se drogaba, no tomaba nada que no le hubiera prescrito el médico, y esa noche me dijo que ni siquiera iba a necesitar su medicación. Un poco de respeto por un difunto, por el amor de Dios.

Falleció hace ya una semana en circunstancias aún por determinar: la autopsia ha encontrado somníferos en su cuerpo y en su dormitorio, pero las pruebas para determinar si se trataba o no de una sobredosis han resultado inconcluyentes. La prensa rosa y la amarilla, naturalmente, ya han apuntado a una no probada drogadicción, así como a un posible suicidio. Ya sabéis cómo son estos casos: la mayoría de las veces es imposible demostrar nada, pero a este tipo de revistas parece darle igual. Con todo, la versión oficial es que se trató de una muerte accidental.

Y ahí debió quedar la cosa. Pero cuando Virginia Brezo (30 años, casada, hermana del fallecido) quiso dar sepultura a su hermano, el padre Benito Piña (63 años, párroco, obviamente soltero) se negó en redondo, argumentando que “si Jorge resultaba haberse suicidado, habría cometido un pecado mortal y no podría ser enterrado en Suelo Sagrado”. Las súplicas de Virginia, feligresa de la parroquia del padre Piña desde pequeña al igual que su hermano, no sirvieron de nada.

Así que la señora Brezo solicitó nuevas pruebas. Según el forense que lleva el caso de Jorge Brezo, estas nuevas pruebas tardarán entre diez días y dos semanas, y aún no hay garantías de que vayan a dar mejores resultados. Pero ante la preocupación de la hermana, el forense habló del caso con una colega suya, nuestra buena amiga Irene Watson… y ella le habló de nosotros.

Reconozco que no acepté este caso con demasiada convicción. Conozco los detalles de la investigación. Es un callejón sin salida. Incluso si se confirmara la sobredosis, sería demasiado difícil determinar si fue accidental o voluntaria. Con todo, y como andábamos algo escasos de trabajo, decidí que bien podíamos echar un vistazo, sólo por si veíamos algo que a la policía se le hubiera escapado.

Esa misma noche, Boniatus y yo acudimos al apartamento del difunto. Un trabajo rápido: estudiar el lugar en el que se encontró el cuerpo, intentar aprender algo de cómo vivía Jorge Brezo, posibles motivos de suicidio, algún otro problema de salud que se les hubiera pasado por alto.

—¿Qué sabemos por ahora? —preguntó el Profesor.
—La mujer de la limpieza llamó un par de veces a la puerta antes de abrir con su llave, como hacía siempre. Encontró el cuerpo de Brezo tendido en la cama y se sorprendió, pero pensó que estaba durmiendo y le dejó a lo suyo mientras limpiaba el resto de la casa. Cuando intentó despertarle para limpiar el dormitorio, descubrió que ya era tarde. Tenemos fotografías de la escena, las traigo aquí, pero he preferido que lo veas in situ.
—¿Se ha interrogado a la mujer de la limpieza?
—Claro, pero ¿qué esperabas que descubrieran? No hay indicios de que sea algo más que un accidente o un suicidio.
—No sé, sólo pensaba que, si fuera un asesinato, sería muy conveniente para el asesino que alguien limpiara la casa antes de descubrir el cuerpo.
—Tienes mono de asesinatos, ¿eh? —comenté con media sonrisa.
—Bueno, es que el último caso fue un secuestro, y claro…
—¡Pero si tuvimos hasta caja de porno y todo!
—Eso sí te lo tengo que recono…

Rápidamente le hice una seña para que guardase silencio. No tardó en comprender lo que ocurría: al otro lado del rellano, la puerta del apartamento de Brezo estaba entreabierta.

Moviéndonos en silencio, con los cinco sentidos alerta, nos acercamos a la puerta del apartamento y nos pegamos a la pared. Desde el interior nos venía el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, alguien revolviendo objetos. La leve luz de una linterna barría el apartamento. Oímos lo que nos pareció un suspiro de alivio. Al parecer no éramos los únicos que pensábamos que podíamos encontrar algo en ese lugar.

Desenfundé mi arma, hice una señal a Boniatus para que estuviera preparado y me dispuse a abrir cuidadosamente la puerta. Pero entonces se oyó el ruido de cristales rotos y unos pasos corriendo en dirección a la ventana. ¡Sabía que estábamos allí! Derribé la puerta de una patada e irrumpimos en el revuelto apartamento de lujo. Pero el intruso ya había salido por la ventana, el sonido de sus pisadas le situaba en la escalera de incendios.

—Quédate aquí —sugerí.
—Puedes necesitar ayuda…
—¡Quédate aquí y asegúrate de que no entre nadie más! —insistí—. Sea lo que sea que estuvieran buscando, no nos interesa que vuelvan a por ello.

Sin esperar respuesta, sabiendo que el tiempo apremiaba, salí a la escalera de incendios. Era rápido, había que concedérselo: para cuando puse el pie en el primer escalón, ya estaba en la calle. Corrí todo cuanto pude, le perseguí por entre el tráfico. Me llamó la atención que vestía ropa excesivamente colorida. También observé que corría agachado. Mi móvil vibraba en mi bolsillo, pero en ese momento tenía cosas más importantes que hacer.

Finalmente entró en un callejón. Pero cuando doblé la esquina, me encontré cara a cara con el cañón de una pistola. Sabía que no me daría tiempo a apuntarle con la mía antes de que disparase… Error de principiante. Al menos ahora estaba seguro: mi presa, la persona que me estaba apuntando a la cabeza, iba vestida de bufón y llevaba la cara pintada.

Retrocedió un par de pasos sin dejar de apuntarme. No dijo una palabra, pero yo ya creía estar bastante seguro de que no tenía intención de disparar si no era necesario. Decidí arriesgarme y levanté mi propia arma… el disparo del bufón me agujereó el sombrero. Cerré los ojos por impulso. Para cuando los volví a abrir, el bufón había desaparecido. Traté de dar con él, pero parecía haber desaparecido a la salida del callejón. Pregunté a los viandantes, rebusqué por los portales y finalmente di con una tapa de alcantarilla abierta. Pero el rastro ya se había enfriado. Había perdido al tirador.

Con un gruñido de frustración, me saqué el móvil del bolsillo y descolgué.

Jack, soy Irene— saludó la voz de nuestra buena amiga al otro lado de la línea—. Tengo novedades del laboratorio forense. Una dosis monstruosamente elevada de secobarbital.
—¿Secobarbital? ¿Barbitúricos?
Sí, ya sabes que se utilizan para el tratamiento del insomnio, y se sabía que el tenor lo padecía. También ha sido la causa de la muerte de más de una celebridad, como Marilyn Monroe o Charles Boyer. Una forma muy glamourosa de morir, si me perdonas el comentario. Siento haberte metido en esto, Jack, me temo que al final va a ser un suicidio.
—Ya, pues ¿sabes qué? Yo lo dudo bastante.

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Caso nº 00007: CINCO DÍAS PARA MORIR (CERRADO)

Eran las cinco treinta y siete de la tarde cuando llegué al escenario de nuestro nuevo misterio. Allí, junto con los implicados en el caso, me esperaba la policía… y nuestro nuevo jefe de procesamiento de la escena del crimen, el recién ascendido profesor Boniatus, que según la policía llevaba ya esperándome cuarenta y cinco minutos. Lo que confirmaba que su coche sí funcionaba.

—¿Qué tenemos?
—Desaparición, posible secuestro. Señales de violencia, pero no hay nota de rescate. La desaparecida es Ágata Castro, viuda, ochenta y dos años. Está impedida.
—¿Impedida? ¿Qué tiene?
—¡Qué no tiene! Artritis, insuficiencia renal, arterioesclerosis, diabetes, demencia senil, ataques epilépticos, episodios psicóticos… El armarito de su baño es una farmacia de tres plantas. Ahora iba a llamar a su médico para conseguir más información sobre su estado.
—Ya veo. ¿Qué llevas hecho?
—Primero he sacado fotos, nada más llegar. El resto de los tres cuartos de hora que llevo aquí esperándote me he dedicado a procesar la escena.

Carraspeé.

—Bueno, soy… —titubeé-, soy el investigador jefe, tengo… tengo… a veces tengo otros casos que atender y…
—Ya -interrumpió—. El puto coche, ¿no?
—Y que sigo sin saber qué es lo que le pasa.

Palmeé el hombro a mi compañero para felicitarle por un trabajo bien hecho y pedí a la policía que me pusiera al corriente. Ágata Castro vivía sola con la enfermera que su hijo contrató para ella, Berta Pocino (cuarenta y tres años, soltera). Su familia (hijo, nuera y nieta) apenas la visitaban. Todos los días entre semana, a las tres de la tarde, durante la siesta de la señora Castro, Berta bajaba a la tienda a comprar los avíos para el día. Esta tarde, sin embargo, cuando regresó de la compra media hora más tarde, se encontró con la casa revuelta… y sin la señora Castro. Inmediatamente se puso a buscarla y, al no dar con ella, fue preguntando a todos los vecinos hasta que, una hora después y presa de la desesperación, llamó a la policía y al señor Héctor Cubero, hijo de la señora Castro (cincuenta y cuatro años, casado, presidente de una empresa de importaciones textiles).

—¿Se ha verificado la historia de la señorita Pocino? —pregunté al sargento al mando.
—Estamos contrastándola ahora mismo. Por el momento tenemos varios testigos: el tendero que la atendió, cinco vecinos a los que preguntó en sus propias casas, y una señora que sacaba algo a reciclar cuando ella volvía a casa.
—Entonces parece que su versión se sostiene.
—No exactamente —me corrigió el sargento—. Esto certifica que salió de casa e hizo todo lo que ha declarado… pero no que no cometiera ella misma el crimen. No tiene testigos dentro de la propia casa.

Observé la escena del crimen. La habitación olía a cerrado, las persianas estaban casi bajadas y no parecían haber sido subidas en una semana. Había signos evidentes de pelea, o de forcejeo. La señora Castro se resistió. Una lámpara volcada, una silla caída, trozos de vidrio de una botella. Esto último me llamó la atención: ¿el secuestrador decidió utilizar una botella rota como arma para disuadir a su víctima de escapar? ¿La agredió? Busqué rastros de sangre, pero el suelo estaba completamente seco y las sábanas todo lo limpias que podían estar. ¿Faltaba algo, aparte de la víctima? No había marcas de polvo en los muebles ni de arrastre en el suelo salvo junto a la librería. Pero en este caso, parecía que sólo la habían desplazado levemente, como si la hubieran empujado sin querer.

Había postergado demasiado el siguiente paso. Fui directamente a hablar con la familia de la víctima. Además del ya citado Héctor Cubero, allí estaban Ofelia Salazar (cuarenta y ocho años, esposa de Héctor Cubero y marchante de arte) y Aída Cubero (treinta y tres años, hija de los Cubero, nieta de Ágata Castro, soltera, ejecutiva de cuentas de una agencia publicitaria).

—¡Ah, por fin! —exclamó el señor Cubero al verme llegar—. ¿Ha descubierto ya algo?
—Aún estamos investigando…
—Pues dese prisa, joven. He tenido que abandonar una reunión importantísima en la sede central de mi empresa, y me gustaría poder volver cuanto antes.
—No seas así, Héctor —le reprochó su esposa—. Todo el día trabajo, trabajo, trabajo. ¡Deberíamos ser capaces de sacar tiempo para los problemas de la familia!
—Sería la primera vez —masculló Aída por lo bajo.
—Verá, detective —prosiguió Ofelia Salazar—. Mi suegra siempre ha sido… digamos, “de trato difícil”. Pero sigo sin poder entender para qué querría nuestra Berta escondérnosla…
—Yo creo que se ha ido ella sola —gruñó Héctor Cubero—. Mi madre está loca, lo sabe todo el mundo.
—¡Papá! ¡No hables así de la abuela!
—No, Aída, hija, tu padre cuando se lo propone es así de “diplomático” pero ahí tiene razón. La abuela Ágata no está bien de la cabeza. Pero no sé, no creo yo que se hubiera ido por sí sola…
—Bueno, si quiere mi opinión —expresó Aída Cubero en voz baja—, yo no descartaría que la abuela esté muerta y que Berta se haya deshecho del cuerpo antes de llamar a nadie.
—¿Tiene alguna prueba que respalde esa teoría, señorita?
—Bueno, no… pero ¿no lo vería usted lógico? Berta es su enfermera, si algo le pasaba a la abuela ella sería la responsable directa, así que entierra el cadáver y luego llama diciendo que ha desaparecido. Así se libra de las sospechas.
—Necesito un trago —se lamentó Héctor Cubero.
—¿También ahora tenía que salir tu alcoholismo a relucir? —masculló Ofelia Salazar con un mohín de desprecio.
—¡Beber me ayuda a relajarme! ¡Y aquí tu hija está insinuando que mi madre está muerta!
—¡También es tu hija! ¡Y te recuerdo que, hace un momento, tú mismo estabas deseando volverte a tu reunión!
—Damas, caballero —interrumpí—, si queremos que esta investigación progrese voy a necesitar su colaboración. Veamos, ¿qué estaban haciendo cuando recibieron la llamada?
—Ya se lo he dicho, estaba en una reunión con el notario —replicó Héctor Cubero—. Fuera de la ciudad, además, o sea que encima he tenido que conducir una hora de vuelta para que, probablemente, mi madre se haya ido por su propio pie.
—Yo negociaba la compra de unos cuadros cuando me llamaron —explicó Ofelia Salazar—. Fui la primera en llegar.
—Y yo estaba en mi oficina, archivando una campaña recién cerrada —agregó Aída Cubero—. Pregunte a cualquiera de mi agencia. Llegué poco después que mi madre.

Tomé debida nota de las declaraciones de los tres implicados, cuando de pronto Boniatus me llamó para que acudiera de nuevo al dormitorio de la víctima. Al llegar a su encuentro, pude ver la preocupación reflejada en su rostro.

—Tenemos un problema serio, jefe —me dijo—. Acabo de hablar con el médico de la señora Castro.
—Informe.
—¿Todos esos medicamentos que tiene en el armarito del baño? Los necesita tomar a diario. Todos. Algunos dos veces al día.
—Dime que no significa lo que creo que significa.
—Me temo que así es, Jack —agregó con gesto grave—. Sin su medicación, su médico le da unos cinco días de vida.

Observé un par de detalles más de la casa y volví al salón. Allí me dirigí al sargento que llevaba el caso.

—La Sociedad del Misterio acepta este caso, pero tenemos que empezar pidiendo un favor.
—Adelante.
—Retengan a la señorita Pocino, por supuesto, es nuestra principal sospechosa… pero, si fuera posible, evite que estas tres personas abandonen la ciudad.

Los familiares de la víctima protestaron indignados. Amenazaron con demandarme. El señor Cubero incluso hizo un amago de agredirme físicamente. Yo traté de mantenerme imperturbable todo el tiempo que pude.

El sargento me llevó aparte.

—¿A qué ha venido eso, Ryder? —me increpó—.¿Es consciente de que acaba de insultar a los afectados familiares de una anciana desaparecida?
—La cerradura no ha sido forzada, así como ninguna de las ventanas—expliqué—. El secuestrador tenía llave… y eso apunta directamente a la familia.
—O a la enfermera, ¿no cree? A fin de cuentas, es nuestra sospechosa principal.
—Hay más. La familia Cubero es rica, ¿no es cierto?
—Sí, tienen negocios muy prósperos, ¿pero a qué viene…?
—Bien. ¿Quién secuestraría a un miembro de una familia rica y no pediría un rescate? Eso me hace pensar que no se trata de la enfermera.
—No son pruebas sólidas. No puede dedicarse a sospechar de cualquiera sin pruebas sólidas.

Bajé la mirada. Ciertamente, sólo teníamos indicios, pero no podía dejar que el secuestrador saliese indemne, no con tan poco tiempo.

—Cinco días —dije entonces—. Denos cinco días para investigar este caso. Si en cinco días no hemos logrado encontrar ninguna prueba, abandonaremos la investigación.
—Tendrán que trabajar con lo que tienen, Ryder —me replicó el sargento—. Dudo mucho que ahora mismo la familia se muestre muy abierta a hablar con usted o sus agentes.
—Pero necesitaremos…
—Traigan alguna prueba sólida contra alguna de estas tres personas, y yo mismo prepararé la sala de interrogatorios. Hasta entonces, trabajen con lo que tienen. Yo intentaré convencer a la familia de que lo mejor en este caso es que permanezcan en la ciudad… por si se supiera algo.

Agradecí al sargento su consideración y nos pusimos inmediatamente manos a la obra. Teníamos cinco días para resolver un secuestro… antes de que se convirtiera en un homicidio.

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