Archivo de la categoría: venganza

MIENTRAS TANTO EN EL MUNDO: Por un puñado de bytes.

Horas. a veces días, y hasta semanas, si no más. El mundo de los MMORPG, juegos de rol masivos multijugador en línea, da para mucho, mucho tiempo de entretenimiento. Claro que todo ese entretenimiento representa una inversión en ocio y esfuerzo, en inteligencia volcada para averiguar pistas y misterios (si no los buscas en una guía, claro; y aun así son un esfuerzo, a veces).

Se conoce a gente, se hacen grupos, se fundan pequeñas comunidades y sentimientos de pertenencia.
Además, cunado uno consigue algo legendario, un arma, una armadura, el subidón de autoestima es enorme y te puedes llegar a sentir realizado.

Hoy, en nuestra sección de Mientras Tanto en el Mundo, traemos un crimen originado en una de estas plataformas de juego. Concretamente en Legends of Mir 3.

Fue allá en 2005, cunado dos jugadores chinos tuvieron un altercado: uno de ellos, Qiu Chengwei prestó un arma legendaria a un amigo suyo de juego Zhu Caoyuan, el temido Sable Dragón. El amigo Zhu no tuvo otra que la feliz ocurrencia de vender dicha arma por algo menos de 500 dólares, para gran disgusto del primero, Qiu, que inmediatamente acudió a las autoridades.
Una autoridad en Derecho explicó a posteriori que “las armas y armaduras de videojuegos no están sujetas a las leyes, por lo que no hay delito en los hechos acontecidos”. Por lo tanto, Qiu Chengwei, de 41 años, acudió a ver a su amigo y lo apuñaló varias veces.

Espada Dragón LoM3?

Si al menos fuera bonita…

La policía, obviamente, detuvo al homicida que se declaró culpable, por lo que ahora cumple cadena perpetua según nuestras últimas noticias actualizadas (y eso que en China dispensan la pena de muerte  con bastante facilidad…). La noticia trascendió a los periódicos y llegó hasta nuestras oficinas en el China Daily.

Lo cierto es que cada vez ocurren crímenes con más asiduidad con raíces en algunos juegos de esta índole, derivado del uso y la interacción, por supuesto, no por los juegos en sí. A veces aprovechando huecos legales y otras fallos en los propios juegos como las violaciones en cadena en Second Life, que acabaron de rematar la popularidad del juego.

¿Conocéis algún caso parecido?

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo arma blanca, Mientras tanto en el mundo, venganza

Caso nº 00031: LA CAJA DE PANDORA (CERRADO)

Admitámoslo, hay asesinos fáciles. Normalmente, cuando el crimen tiene un motivo, es fácil encontrar al culpable entre aquellos que conocían a la víctima. Una coartada que no encaja, una mentira que contrasta con los hechos, y la historia del asesino se derrumba.

Por desgracia no siempre es tan sencillo. A veces el asesino no tiene nada personal contra la víctima. A veces, lo único que se necesita para matar a alguien es cobrar por un trabajo bien hecho.

La víctima, Emilio Pelayo, aún estaba en su cama. Sería fácil tomarle por dormido, de no ser por el agujero de bala en la frente y la sangre que empapaba las sábanas.

—Esto es un trabajo profesional —apuntó Arjona levantando la sábana con una mano enguantada—. Un disparo en el pecho y otro en la frente. Una ejecución.
—¿Un sicario?
—Tiene toda la pinta.
—No lo entiendo.
—Sí, yo tampoco. Esto es… Yo creo que no sería capaz de matar a nadie por dinero, me cuesta entender que…
—No, si lo que digo es que no entiendo quién demonios contrataría a un asesino profesional para cargarse a un estudiante universitario.

Resultaba raro, admitámoslo. Cuando uno investiga un asesinato profesional, no espera que el escenario sea un piso cutre de estudiantes. Emilio era un estudiante de primer año de informática. Tenía diecinueve años, le faltaban dos meses para los veinte. Acababa de mudarse a la ciudad, justo a tiempo para empezar los estudios. No parecía el típico objetivo de un asesino a sueldo.

El crimen se cometió en mitad de la noche. Sus compañeros de piso estaban en casa, así que naturalmente se convirtieron en personas muy pero que muy interesantes para la policía. Pero hacía ya un rato que se habían aferrado a la historia de que ninguno de ellos vio ni oyó nada y de ahí no salían, así que decidí concentrarme en la escena. La víctima no vivía con excesivos lujos, ni siquiera llegué a ver un ordenador. Parecía totalmente dedicado a sus estudios. Aunque en una estantería se veían algunas fotos del difunto al volante de un lujoso deportivo, o vestido muy elegante y festejando con gente aparentemente rica.

—¿Opinión? —preguntó Arjona.
—Bueno —dijo Irene incorporándose—, tendré que hacer una autopsia completa, ya te lo imaginarás, pero yo fijaría la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada. Por el tamaño de la herida, yo descartaría los calibres más convencionales. Eso refuerza vuestra teoría del sicario, pero tendría que estudiar el cuerpo a fondo para poder asegurar nada.

Entonces tuve una idea.

—¿Cómo se llama el detective que está interrogando a los chavales? —pregunté.
—¿Qué? Ehm… Vidal, Pablo Vidal.
—Vale, gracias. ¡Vidal! ¿Puede venir un momento?

El detective Vidal, un hombre compacto (bajito pero fuerte), plegó su bloc de notas y se acercó a nosotros.

—Sí, dígame.
—¿Qué opina usted de este escenario del crimen?

Y Vidal me respondió. Pero no le presté ni la menor atención. Porque lo que realmente me interesaba era que los compañeros de piso de la víctima dejasen de tener a un policía al lado. Con la oreja puesta en su conversación más que en el detective que contestaba diligentemente a mis preguntas, escuché lo siguiente:

—¿Y ahora qué?
—Supongo que ya está. Nos hemos librado.
—¿Tú estás tonto? Viernes por la tarde, la Caja de Pandora, mañana, ¿recuerdas?
—Emilio iba de farol, seguro.
—Yo no me la quiero jugar. Si no era un farol, Emilio la ha palmado y nosotros estamos jodidos.
—Sí, sin duda muy interesante —interrumpí a Vidal, y me giré de pronto hacia los chavales—. ¡Buenas tardes! Jack Ryder, de la Sociedad del Misterio. ¿Me lo contáis o preferís que me lo invente?
—¿Qué? —balbució el primero, el de la camiseta desgastada de Mortadelo—. ¿De qué habla?
—¿Nadie?
—Oiga, ya le hemos dicho a ese detective que nosotros no vimos ni oímos nada —replicó el segundo, metiendo las manos en los bolsillos de su remendado pantalón vaquero.
—Que me lo invente yo, ¿no?

El tercero no dijo nada. Se limitó a bajar la vista hacia sus sucias y ajadas zapatillas deportivas.

—Muy bien. Voy a decir Pandora Tomorrow. Vuestro compañero os tenía amenazados. Y si él no hacía algo para evitarlo, mañana mismo lo que quiera que tenía contra vosotros saldrá a la luz. ¿Voy bien?
—¿Es un gamer? —exclamó uno de los chicos boquiabierto.
—Vale, hablaré —proclamó de pronto el que había estado en silencio hasta entonces.
—¡Isma! —protestó el otro.
—Tú mismo lo has dicho, acabará por salir a la luz. Y si nos callamos van a pensar que fuimos nosotros. ¿Ya qué más nos da?

- ? -

—La cosa es así —explicó Ismael Gómez (veintidós años, estudiante de medicina)—. Estamos aquí porque nuestros padres nos lo pagan. Piensan que nos dedicamos únicamente a estudiar, pero nadie puede pasarse la vida estudiando sin despejarse de vez en cuando. Así que salimos de fiesta, incluso una vez hicimos una fiesta aquí, pero ellos no lo saben.
—Hasta ahí no veo nada raro.
—Ya, pero Emilio nos sacó fotos.
—¿Y qué?
—Que el muy capullo nos amenazó con mandárselas a nuestros padres si no hacíamos lo que él quería —terció Guillermo Cebrián (veintiún años, estudiante de comunicación audiovisual).
—¿Y eso era…?
—Compartir piso con él —aportó Enrique Fuentes (veintitrés años, estudiante de biblioteconomía)—. Si no tenía compañeros, no podía permitirse el alquiler, así que nos tenía aquí contra nuestra voluntad.
—Pero sólo estabais de fiesta. Vuestros padres lo comprenderían.
—El muy cabrón pensaba decirles que nos habíamos ido de putas.
—¿Os habíais ido de putas?
—¡No! —respondieron los tres al unísono.
—Pero tonteamos con algunas chicas, y de eso son las fotos —explicó el primero—. Y aquí daba igual lo que nosotros supiéramos: si les decía a nuestros padres que las fotos eran de nosotros con putas, ya nos podíamos ir despidiendo de la carrera.
—Además se dedicó a sacar fotos en distintos momentos de la noche —puntualizó el segundo—. Como cada vez había gente nueva, pensaba decir que montamos más de una fiesta.
—Y tooodas con putas —redondeó el tercero.
—Entiendo. ¿Y la Caja de Pandora?
—No sabemos cómo pensaba hacerlo —explicó Cebrián—, pero nos dijo que, a menos que él lo evitara, nuestras fotos aparecerían publicadas en Internet el viernes a las seis de la tarde.
—Todas las semanas lo mismo. Yo creo que tenía un cómplice —añadió Gómez.
—Entiendo. Estabais todos aquí cuando ocurrió todo, ¿verdad?
—Sí, así es.
—¿Estabais dormidos ya?
—No, la verdad es que no.
—¿Y cómo lo hicisteis para no enteraros de que estaban asesinando a vuestro compañero?

Pausa. En sus ojos pude ver que ellos tampoco lo entendían.

—Bueno, yo estaba en mi cuarto —explicó Cebrián—. Y tenía los auriculares puestos.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estábamos en el salón… —comenzó a decir Gómez, y entonces se le encendió la bombilla—. Anda, coño.
—¿Qué?
—Gears of War 2. Estábamos viciados al Gears of War 2, jugando online con otro pavo, y berreándole por el micro. Partida de despedida antes de irnos de puente.
—¿Nadie vio ni oyó nada?
—Mire, yo a las dos y media o así —comentó Cebrián —estuve en su cuarto. Antes de eso había estado viendo a estos dos jugar, y luego me retiré, pero me pasé por su cuarto primero a pedirle una cosa. Me lo encontré ya dormido… y me pareció que había alguien con él.
—¿Qué?
—No, pero resultó ser ropa. ¿No les ha pasado nunca? ¿Eh? ¿Qué ven un montón de ropa en la silla por la noche y se creen que es un asesino?

Tomé nota (de hecho apunté un “manda cojones”) y me aparté para hablar con Arjona.

—¿Cómo has sabido lo del chantaje? —me preguntó.
—Pandora Tomorrow es un videojuego. Si el terrorista al que tienes que atrapar no llama todos los días a un número y da una clave, se libera un virus mortal. La frase “La Caja de Pandora, mañana”, sumado a lo de que ahora que la víctima había muerto ellos estaban jodidos…
—O sea que estos tres tenían algo contra la víctima.
—Sin duda alguna.
—Bien. Podemos llevárnoslos para interrogarlos, vamos a pillar al cabrón que…
—No han sido ellos.
—¡Oh, venga, no me jodas! ¡A ti te gusta marearme!
—Vamos, Arjona, no eres tonto y lo sabes. Ellos sabían lo del blog, no les interesaba matarlo. Y aunque se les hubieran cruzado los cables… Mírales. Ropa vieja, videojuegos viejos. Están aquí con lo que les dan sus padres, y eso les da para vivir pero no para pagarse todos los caprichos que les gustaría, tanto menos para pagar a un profesional.
—Vale, ¿y entonces qué sugieres?
—Primero, averiguar cómo entró y salió de aquí un asesino sin ser visto. Y aparte de eso… mira sus fotos. Un cochazo, fiestas de lujo. No son las fotos de alguien que necesita ayuda para pagar el alquiler. ¿Qué nos hace pensar que sólo chantajeaba a estos tres?
—Si tu teoría del Pandora Tomorrow es correcta, dentro de veinticuatro horas debería salir la información de todas sus víctimas en Internet. Ahí sabremos si tienes razón, y si no pillamos al autor material, al menos sí que podríamos averiguar quién le pagó.
—Sí, es un sistema.
—¿Pero?
—Pero si hay más víctimas de chantaje y los descubrimos cuando sus secretos ya han sido expuestos, no estarán muy habladores… Si en veinticuatro horas no tenemos nada, trabajaremos así; pero si descubrimos antes cómo pensaba hacerlo el chantajista y lo impedimos, tendremos una nueva lista de sospechosos que de pronto nos deberán una.

227 comentarios

Archivado bajo allanamiento de morada, Amenaza, arma de fuego, asesinato, Asesinato profesional, Fotografía, robo, una caja de porno, venganza, verdad oculta

Caso nº 00009: LAS TRES MUERTES DE GONZALO ESTRADA (CERRADO)

Gonzalo Estrada (cincuenta y dos años, desempleado, soltero) nunca había sido precisamente una buena persona. Expulsado de dos colegios cuando niño, a los dieciocho años ingresó en prisión por primera vez por un delito de lesiones. Bebedor, violento y grosero, se ganó una terrible reputación en el barrio del Pinar, donde se había criado y donde siempre había vivido. No obstante, a los treinta y cinco años, violó y asesinó de una puñalada a una joven del vecindario, Luisa Ceballos (veintidós años, manceba de farmacia, soltera). El asesinato no fue premeditado, según parece ni siquiera fue intencionado, la joven intentó huir y Gonzalo Estrada perdió el control… pero ese hecho sólo sirvió para que otras dos vecinas, África Nieto (treinta años, dependienta de una tienda de comestibles, casada) y Águeda Benítez (quince años, estudiante de instituto), reuniesen finalmente el valor para confesar a sus familias que también habían sido violadas y amenazadas por Estrada. El posterior registro de su domicilio sirvió para encontrar una caja con fotografías de sus víctimas desnudas. Fue condenado a treinta años de cárcel. Salió ayer en libertad condicional, tras cumplir las dos terceras partes de su condena. Esta mañana se ha encontrado su cuerpo sin vida en el vertedero municipal. Presentaba una única herida subclavicular. El informe del forense dictaminó que la muerte había sido instantánea: la hoja seccionó varios vasos sanguíneos y nervios, amén de provocar una punción pulmonar. Junto al cadáver se encontró un cuchillo de limpieza manchado con su sangre. Decir que nadie en el barrio lloró su muerte sería accesorio a estas alturas. Pero creo que ni aún así podíamos esperar nada de lo que ocurrió a continuación. - ? - Llegué a comisaría tan pronto como pude. El Inspector Arjona, un viejo conocido de los tiempos de Watson, me esperaba con una cierta impaciencia. Me llamó la atención la sonrisa socarrona que intentaba borrar de sus labios. —Gracias por venir, Jack —me saludó, y me guió por los pasillos de la comisaría—. Sabes que normalmente nos gusta resolver estas cosas por nosotros mismos, pero esta vez hemos coincidido todos en que tendríais que echarle un vistazo a este caso. —¿La muerte de Gonzalo Estrada? Sí, algo he leído. ¿Tenéis alguna pista? A modo de respuesta, me condujo hasta una sala de interrogatorios. Al otro lado del espejo, podía ver a un hombre sentado con una mirada serena. —¿Quién es? —pregunté. —Alejandro Ruiz. Cuarenta y ocho años. El viudo de África Nieto, una de las víctimas de Estrada. Es el tendero del barrio. Se ha declarado autor del asesinato. —Cómo, ¿ya? —A primera hora de la mañana. Su mujer se suicidó poco después de que Estrada ingresara en prisión, él quería vengarse, así que le estuvo siguiendo por la noche, vio que se acercaba de nuevo a su tienda en la calle Cereza y decidió tomar cartas en el asunto. Le agarró por la espalda, le apuñaló por encima de la clavícula, limpió y tiró el arma a la basura, y luego se deshizo del cadáver. No se arrepiente, se siente orgulloso de lo que ha hecho y está dispuesto a aceptar la condena como un hombre. Lo único que sí nos pide es una reducción de condena a cambio de revelar el paradero del cadáver. —Pero el cadáver ya ha aparecido —musité—. Se encontró esta mañana en el vertedero. —Sí, bueno… es que éste llegó antes de que se encontrara el cuerpo. Tomé nota de estos datos. Pero a veces me pasa que oigo antes de escuchar, retengo lo que me han dicho pero no es hasta unos segundos después que me doy cuenta de su significado. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que acababa de oír. —Perdona, ¿has dicho “éste”? - ? - —Pablo Benítez —presentó el inspector Arjona al joven del otro lado del cristal—. Treinta y tres años, estudiante de medicina. Hermano de Águeda Benítez, otra de las víctimas. Se entregó tan pronto como se supo que había aparecido el cadáver de Estrada. —¿Dos hombres se han entregado por el mismo crimen? —Historias similares. Su hermana tenía quince años cuando fue violada, y eso la trastornó hasta el punto de haber acabado recluida en el Centro Arca para enfermos mentales. A partir de ahí, casi todo es lo mismo que nos ha contado Ruiz: le sigue por la noche, llegan hasta Calle Cereza, ve que Estrada vuelve a acercarse a su casa, decide asesinarlo, le agarra por la espalda, le apuñala sobre la clavícula. Se conforma con saber que su hermana está a salvo y que el violador ha pagado por su crimen, y está dispuesto a aceptar la condena con dignidad. Dos diferencias: dice que tiró el cuerpo a un contenedor cercano, y que tiró el arma a la alcantarilla. —Pero se encontró un arma junto con el cuerpo —observé—. Es más, si luego vas a entregarte, ¿por qué deshacerte del arma? —Dice que al principio no pensó en entregarse, pero que lo ha estado estudiando durante toda la noche y que le parece lo más honorable. —Así que tenemos a dos hombres que confiesan el mismo crimen. Ambos sienten que son héroes por haber matado a una amenaza para el barrio. Pero sólo había una herida, así que está claro que uno de los dos miente. Quieres que averigüe quién es el inocente, ¿no? Arjona sonrió. Puse los ojos en blanco. —Tiene que ser una broma. - ? - —Bernardo Ceballos —anunció Arjona, mientras yo contemplaba al hombre mayor que aguardaba al otro lado del tercer espejo—. Sesenta y tres años. Policía, a dos años de su jubilación. El padre de la víctima mortal de Estrada. Llegó diez minutos después que Benítez. —¿Y su historia? —Sabía de sobra que Estrada no se merecía la condicional. Que volvería a las andadas. Así que anoche, cuando debería haber estado de servicio, pidió a un compañero que le cubriese y firmase en su nombre y fue a seguirle. Y cuando lo vio paseando por el barrio, esperó a llegar al polideportivo de la calle Manivela para cogerlo a solas, lo acuchilló y lo llevó en un saco al vertedero. Luego quemó el saco. El arma, dice, se la dio a un vagabundo al que aún no hemos conseguido encontrar. Pero éste es el dato que da más verosimilitud a la historia: la causa de la muerte de Estrada es exactamente la misma que la de la hija de Bernardo. Ambos recibieron la puñalada en el mismo sitio. —Está bien, a ver si lo he entendido. Tenemos un cadáver con una única herida, un arma manchada de sangre y tres sospechosos orgullosos de confesarse culpables del asesinato. No hay más que una herida, así que sólo uno de ellos pudo hacerlo, ¿no? —Básicamente sí. —Y lógicamente en el cuchillo no se habrán encontrado huellas… —Eso habría sido lo normal. —No me digas que se han encontrado huellas de los tres… —No, no es eso, a ver, efectivamente no hay huellas. Pero tampoco hay tejidos, se ha encontrado sangre de la víctima pero no epiteliales, tejido muscular, nervioso ni pulmonar. Y por si te parecía poco… la forma de la hoja no casa con la de la herida. —Arjona, amigo mío—dije marcando el número de Boniatus—, la Sociedad del Misterio acepta encantada el desafío.

178 comentarios

Archivado bajo arma blanca, asesinato, autoincriminación, una caja de porno, venganza, vertedero, violación

Caso nº 00004: LA CAZA DEL ZORRO (CERRADO)

Comenzó como una simple fiesta de disfraces. Pero ha terminado en tragedia.

Estos son los hechos. Todos los años, en Noviembre, trece de los antiguos alumnos de la promoción del 98 de la Facultad de Psicología se reúnen para celebrar una fiesta de disfraces. La de este año tuvo lugar el pasado fin de semana, la noche del 24 de Noviembre. Siempre se celebra en casa de alguno de los antiguos alumnos. Este año el anfitrión fue Víctor García (veintisiete años).

La fiesta comenzó a las diez de la noche y terminó, contra la voluntad de los participantes, a medianoche. En el transcurso de la velada, hubo algunas quejas por parte de los vecinos. Según parece, la música estaba tan alta que incluso los vecinos del bloque de enfrente llamaron para protestar. Es gracias a uno de estos vecinos, a una vecina más concretamente, que tenemos algunos datos acerca del trágico suceso.

Hacia las once cincuenta, Soraya Díaz (cuarenta y dos años, maestra de inglés, casada) llevaba cerca de hora y cuarto pendiente de la fiesta de sus ruidosos vecinos. Su hijo estaba de campamentos y ella acababa de encontrar una caja de porno bajo su cama, y se había quedado tan afectada por el descubrimiento que no podía dormir. En un principio miraba con la esperanza de ver apagarse las luces, pero poco después de las once vio a una pareja retozando en uno de los dormitorios y, aunque ahora se avergüenza de reconocerlo, le llamó la atención lo bastante como para dedicarse a cotillear. Entonces vio cómo una persona, disfrazada de cowboy, entraba en el dormitorio principal a solas se ponía a buscar algo entre los cajones de la cómoda, al principio con tranquilidad, luego cada vez más desesperadamente. En ese momento, una segunda persona disfrazada del Zorro entraba en la habitación envuelta en su capa. No llegaron a hablar un minuto, aunque el cowboy pareció reírse del Zorro, y entonces éste último sacó la mano de la capa y hubo un fuerte destello. La música estaba demasiado fuerte como para distinguir si el ruido que lo acompañó formaba parte de la percusión o si era, como a la señora Díaz le había parecido, un disparo. Pero lo cierto es que el cowboy caía al suelo. “El Zorro” depositó entonces un objeto metálico y reluciente junto al cuerpo del Cowboy y volvió a la fiesta.

A medianoche la policía, alertada por la señora Díaz, interrumpía la fiesta. Nadie había oído ningún disparo, pero en ese momento algunos empezaron a echar en falta al anfitrión. La policía entró en el dormitorio principal y allí encontraron a Víctor García, muerto por una herida de bala en el corazón. Junto al cadáver descansaba el arma del crimen, la cual por cierto resultó estar registrada nombre de la víctima. Ninguna huella aprovechable en la escena. Los invitados explicaron que Víctor García, totalmente borracho, había estado presumiendo de su pistola y que había ido a su cuarto a buscarla para enseñársela a todos.

El siguiente paso lógico era identificar a quien llevase el disfraz del Zorro. Pero naturalmente, las cosas no fueron tan simples… aquel año, tres invitados fueron disfrazados de Zorro. Según parece, sin ponerse previamente de acuerdo. Basándose en el testimonio de la señora Díaz, los tres Zorros han sido puestos bajo custodia y se ha pedido los restantes nueve invitados que no abandonen la ciudad.

Por desgracia, los posteriores interrogatorios no han ayudado a esclarecer las circunstancias de la muerte de Víctor García. Sus tres ex-compañeros tenían motivos para verle muerto. Os transcribo a continuación algunos extractos de las declaraciones de los tres:

SIMÓN JIMENO, 28 años:
“Víctor y yo no nos llevábamos precisamente bien. Cualquiera de mis compañeros se lo podría decir. Cuando íbamos a la facultad, yo salía con una chica, Elena; y en la fiesta de graduación, el muy cerdo me la robó. La emborrachó y se acostó con ella. Elena nunca pudo superar la depresión, no podía mirarme a la cara. Lo último que he sabido de ella es que se fue a Londres y que está intentando rehacer su vida.

¿Que si le quería muerto? Digamos sólo que no voy a llorar por él. Pero seguía viniendo a las fiestas, porque mi consulta es todo un éxito, estoy prometido con una mujer maravillosa y no tengo nada de qué esconderme. Aunque claro, ni se me habría ocurrido presentarle a mi mujer a ese cerdo.

¿Cómo quiere que sepa qué hacía exactamente a esa hora? No sé, no me dedicaba a mirar el reloj. Pero si fue unos diez minutos antes de que llegara la policía… Debía estar hablando con Marcos, el que iba disfrazado de Drácula. Estuve un rato hablando con él, supongo que pudo ser en ese momento.”

DIEGO BANDERAS, 27 años:
“Víctor, sí… Un hijo de puta, y odio hablar mal de los muertos. Cuando salimos de la facultad, hablábamos de montar nuestro propio gabinete. Mi tío es psiquiatra, y ya lo tenía hablado con él para que nos pasase a algunos de sus clientes. ¿Sabe lo que hizo Víctor? Se llevó a los clientes de mi tío, me dejó tirado y montó él solo su consulta.

¿Muerto? No, tampoco llegaría yo a tanto. A ver, quién de todas las víctimas no querría vengarse de él. Pero qué va, sería incapaz de hacerle nada, si de bueno que soy llego a ser tonto. Y me dan pánico las armas de fuego. No sé, alguien que se dedica a fardar de pistola y que la enseña en las fiestas como si fuera un juguete está pidiendo a gritos que le acabe pasando algo malo.

Bueno, esto casi da vergüenza decirlo, pero ya que lo pregunta… bebí más de lo que estoy acostumbrado y me puse malísimo. Eso sería a las diez y media, o así. Algunos compañeros, aunque sinceramente no recuerdo quiénes fueron, me llevaron a la salita y me tumbaron allí… me iban a dejar en uno de los dormitorios, pero Víctor no quería que me metieran en el principal y el otro estaba ocupado. Y allí estuve hasta que ustedes llegaron. De vez en cuando entraba alguien a ver cómo estaba, pregunten a los demás invitados.”

ANTONIO VEGA, 30 años:
“¿Víctor? Oh, sí, Víctor, el popular. ¿Sabe? Le caía bien a todo el mundo. Al menos, hasta que le conocías mejor. No le mentiré, era una rata. Yo tardé un año más en salir de la facultad por su culpa… en el último examen, el muy cabrón se copió de mí. Y luego consiguió convencer al profesor de que había sido a la inversa. Me colgó sus propias trampas.

Oh, no, ¿por qué iba yo a querer vengarme de él otra vez? Cómo, ¿no se lo ha dicho nadie? Verá, Víctor era una rata dispuesta a pisar a quien hiciera falta para salirse con la suya, pero de todas sus víctimas, yo fui el único que le devolvió la jugada. Durante su primer año de ejercicio me dediqué a pisarle todos los pacientes que sabía que tenían pensado ir a su consulta. Yo por entonces todavía estaba estudiando, pero me aseguré de recomendarles a otros psiquiatras más cualificados, no sé si me entiende. Así que, al final, ya que él me obligó a esperar un año antes de poder montar una consulta, yo le obligué a esperarme a mí.

A esas horas… Hmm… Vale, sí, a esas horas estaba en la cama. Con otra de las invitadas. Patricia Mármol, que iba de Catwoman esa noche. Estuve tirándole los tejos desde que llegué a la fiesta, y sobre las once nos fuimos a uno de los dormitorios de Víctor. De hecho, si le soy sincero, cuando terminamos me quedé dormido, porque recuerdo que me despertaron las voces de la policía al llegar.”

Los tres tienen coartadas aceptablemente sólidas. Marcos López (28 años) confirma que estuvo hablando con Simón Jimeno antes del final de la fiesta, pero tampoco está seguro de la hora exacta; Patricia Mármol ha corroborado la coartada de Antonio Vega, incluida la parte de “nos quedamos dormidos”; y el resto de los invitados vieron a Diego Banderas vomitar en la alfombra y se lo llevaron a la salita, pero reconocen que ninguno de ellos se quedó mirándolo toda la noche.

Así que ¿quién miente? ¿Quién mató a Víctor García? Y sobre todo, ¿cómo podemos demostrarlo?

29 comentarios

Archivado bajo alcohol, arma de fuego, asesinato, disfraz, una caja de porno, venganza