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Caso nº 00006: EL FAISÁN DE ORO (CERRADO PROVISIONALMENTE)

A veces el trabajo de investigador resulta frustrante. Todos hemos trabajado con casos en los que no parecía haber ninguna prueba, pero en ocasiones ni siquiera hay un punto de partida.

El Departamento de Policía tiene un caso de asesinato entre manos. Varón, más de sesenta años. Causa de la muerte: traumatismo craneal contundente. Fue golpeado hasta la muerte, desnudado y abandonado en el campo a primeros de año. Unos adolescentes que habían ido a acampar bajo las estrellas lo encontraron el pasado día 4.

Hasta ahí todo parecía normal. El problema es que no hay manera de identificar a la víctima. Sus huellas no figuran en ninguna base de datos. No había documentación alguna. Nadie ha reclamado el cuerpo. Nadie ha denunciado una desaparición en los últimos días. Por si fuera poco, Irene (la cual os desea un feliz año nuevo desde su posición en el laboratorio forense, por cierto) nos informa de que no hay forma de deducir qué objeto se utilizó como arma del crimen: base rectangular, aproximadamente el tamaño de un folio, pero ninguna marca identificativa. No hay huellas sobre el cuerpo, no hay piel bajo sus uñas, el ADN encontrado era animal. Considerando la causa de la muerte y que el cuerpo se encontró en medio del campo, podemos descartar que un animal lo matase. Se sabe que el cuerpo fue trasladado, porque la hierba que se encontró en sus encías no se corresponde con la del lugar en el que fue encontrado. Pero de momento no se sabe dónde se cometió el crimen.

Sintiéndome impotente ante este caso, presenté mis disculpas a Irene y acudí a la cita de trabajo que tenía en el exclusivo club de caballeros “El Faisán de Oro”. Tiene su sede en un lujoso local a las afueras de la ciudad, con un amplio comedor con capacidad para treinta personas (el número de socios), una sala de lectura con chimenea (la más frecuentada en esta época), auditorio, sala de trofeos, bodega, pistas de pádel y piscina climatizada. Sólo hay dos formas de entrar en este club: siendo asquerosamente rico, o siendo familiar de un socio.

Gerónimo Sáez de Vidal (78 años, presidente del club) nos llamó esta mañana para encargarnos un caso de robo. Sería poco honesto negar que me sentía un poco decepcionado de investigar un robo teniendo un asesinato tan intrigante a la vista. Pero el trabajo es el trabajo. Cuando el señor Sáez de Vidal me recibió, se disculpó por el ruido de las máquinas (estaban arreglando una de las pistas de pádel), me hizo pasar rápidamente a la sala de lectura (donde, decía, el estruendo era menor) y cerró la puerta tras de sí.

Miré a mi alrededor. Hacía frío, ya lo había notado al entrar pero ahora que nos quedábamos quietos se hacía bastante más insufrible. Había manchas oscuras en las molduras de las paredes. Se habían afanado en limpiarlas, pero siempre quedan restos. Hollín, me arriesgaría a aventurar. Quizás ese club era algo menos elegante y algo más decadente de lo que siempre hacían ver.

—Gracias por venir con tanta rapidez —me dijo—. Se trata de un caso extremadamente grave, y no quería llamar a la policía.
—¿Sería tan amable de explicarme por qué? —dije con cierta desgana.
—Bueno, porque estoy convencido de que el ladrón es un miembro de este club. No pudo ser de otra forma, el robo ocurrió durante nuestra cena de Nochevieja. He estado haciendo mis indagaciones por mi cuenta… yo también soy aficionado a la investigación, ¿sabe? Pero no he conseguido nada. Y por eso acudo a ustedes, que como sector privado podrán evitar un escándalo para nuestro club.
—Entiendo. Bien, ¿qué les ha sido sustraído?
—Nuestro emblema y orgullo, señor Ryder —se lamentó—. La escultura del faisán de oro que da nombre a nuestro club.

Noté que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—Bien, empecemos por lo básico. De todos los miembros de su club, ¿cuántos abandonaron la sede entre la noche del robo y este momento?
—Prácticamente todos. Debe entender que muchos de nuestros socios viajan por el mundo, y sólo vienen al club para las ocasiones especiales.
—Eso significa que, si realmente fue uno de ellos, probablemente su estatua ya haya sido fundida y vendida como nuevas piezas. Es consciente de ello, ¿verdad?

Casi pareció que le acababa de comunicar la muerte de un ser querido.

—Ellos no lo harían… sería deshonrar el buen nombre de este club.
—Señor Sáez de Vidal, les está acusando de robo. Si tiene usted razón, y ahora mismo no tengo pruebas que lo indiquen, cabría pensar que el ladrón no tiene en muy alta estima el buen nombre del club.

—Tiene razón, supongo que tiene razón —musitó—. Debe haber sido alguno de los más jóvenes, nuestras nuevas adquisiciones… Gustavo Hormigo, probablemente; entró aquí ocupando la plaza de su difunto hermano, y nunca me ha parecido que encaje del todo en este club. O Simón Montenegro, que creo que sólo está en el club por las cacerías anuales.
—Entenderá que no debemos descartar a ningún sospechoso. Supongo que tendrá un archivo con los datos de todos los socios, ¿no?
—Naturalmente… Le agradecería que esta investigación se llevara de la forma más discreta posible.
—Por supuesto.
—Sin la intervención de la policía, quiero decir. Tenemos una reputación, ya sabe.
—Por supuesto.

Sáez de Vidal me hizo entrega de un abultado archivador de acordeón. En el interior estaban, por orden alfabético, los expedientes de todos los miembros del club. Les eché un vistazo por encima, dispuesto a estudiarlos con más detenimiento en la oficina.

Entonces algo me llamó la atención. Inmediatamente saqué uno de los expedientes del archivador y se lo mostré a Sáez de Vidal.

—Supongamos, por poner un ejemplo, que yo le preguntara por este socio…
—Arturo Quintanilla —respondió—. El Aventurero, le llamamos. Vendió todas sus pertenencias hace tres años, salvo su barco, y desde entonces se dedica a viajar por el mundo… Oh, cielos, ¿cree que fue él?
—Un poco pronto para creerlo, de momento sólo estoy tanteando, pero ya que utilizamos esta hipótesis de trabajo… ¿diría usted que el señor Quintanilla tenía enemigos en este club?
—Ni en este club ni fuera, que yo sepa. Es un hombre muy generoso. Vive de su herencia, pero siempre saca algo del dinero que hizo con la venta de sus pertenencias para donaciones. Y aquí nos encantan sus historias.
—Entiendo… ¿Cuándo le vio por última vez?
—Pues… la noche de fin de año, sin duda, vino para la cena anual. Pero se fue de los primeros.
—¿Y no ha vuelto?
—Ya le digo que no tiene un domicilio, ni siquiera le queda familia. Vive en su barco. Después de aquella noche, tenía previsto viajar a Egipto.
—Entiendo. Bien, me pondré con su caso de inmediato. Procure no contar al resto de los socios sus sospechas, podría hacer peligrar la investigación.
—¿Mantendrá a la policía al margen?
—No puedo prometerle nada. Haré lo que pueda.

Salí de la sede del club con los expedientes de los socios bajo el brazo. Tan pronto como entré en mi coche, saqué el expediente de Quintanilla y marqué un número en mi móvil.

—¿Irene? Soy Jack. Creo que acabo de identificar a tu cadáver.

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